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LA VIDA DENTRO DE 100 AÑOS

Publicada el 15 de octubre de 202615 de octubre de 2026 por José Ramón Entenza

O un ejercicio de imaginación del progreso humano

Imaginemos por un instante que podemos viajar cincuenta años hacia el futuro. Estamos en 2076. Los vehículos circulan sin conductor, las máquinas conversan con naturalidad y la medicina ha conseguido anticiparse a numerosas enfermedades. Lo extraordinario se ha convertido en cotidiano.

Pero ¿hasta qué punto es razonable imaginar semejante escenario? Si retrocedemos otros cincuenta años, hasta 1976, descubriremos un mundo sin teléfonos inteligentes, donde Internet era prácticamente desconocido y las técnicas modernas de secuenciación genética comenzaban a desarrollarse. La inteligencia artificial apenas exploraba sus posibilidades. Y, sin embargo, aquí estamos, conversando con máquinas capaces de escribir poemas, resolver problemas matemáticos o analizar millones de datos en segundos.

La historia demuestra que el futuro suele sorprendernos, aunque no siempre en la dirección esperada. La ciencia ficción popularizó ciudades repletas de automóviles voladores, pero pocos anticiparon que llevaríamos en el bolsillo un dispositivo capaz de acceder a buena parte del conocimiento humano. Quizá por eso resulte más interesante imaginar cómo viviremos que intentar adivinar qué máquinas utilizaremos.

La medicina podría alterar una de las certezas más antiguas de nuestra existencia: que el deterioro físico acompaña inevitablemente al paso del tiempo. En 2076, sistemas de vigilancia biológica podrían detectar numerosas enfermedades antes de que aparecieran sus primeros síntomas. La genética, la medicina regenerativa y los tratamientos personalizados permitirían controlar patologías hoy incurables, reparar determinados tejidos y sustituir órganos dañados.

La longevidad extrema continúa siendo una aspiración más que una conquista científica, pero resulta razonable imaginar una vejez menos condicionada por la enfermedad y la dependencia. Si una persona de noventa años conservara las facultades que hoy asociamos a alguien de sesenta, ¿qué significaría entonces ser viejo?

Las consecuencias irían mucho más allá de la medicina. Habría que reconsiderar la jubilación, las relaciones familiares y nuestra propia percepción del tiempo. Una vida más larga no supondría únicamente añadir años a la existencia, sino aprender a distribuirlos de otra manera.

Mientras tanto, la inteligencia artificial podría haberse convertido en una presencia tan habitual como hoy lo es la electricidad. Dejaríamos de consultarla mediante aplicaciones para convivir con ella en nuestros hogares, vehículos y lugares de trabajo. Asistentes capaces de recordar nuestras preferencias, interpretar nuestras necesidades y resolver problemas complejos formarían parte de nuestra rutina.

Y mientras la inteligencia artificial asumiría buena parte de las tareas intelectuales, los robots comenzarían a sustituirnos también en aquellas que exigen esfuerzo físico. Máquinas autónomas construirían edificios, transportarían mercancías, cuidarían cultivos y realizarían numerosos trabajos.

Pero aquí aparece una incómoda pregunta: ¿quién disfrutaría de esa libertad? Porque una sociedad capaz de producir riqueza con escasa intervención humana no garantiza que esa riqueza se distribuya equitativamente. Podríamos vivir en un mundo donde las personas trabajasen veinte horas semanales y dispusieran de tiempo para cultivar sus inquietudes. O en otro donde una minoría controlase los sistemas productivos mientras millones de ciudadanos dependieran económicamente de ellos. La tecnología ofrecerá posibilidades, pero la sociedad deberá decidir cómo repartirlas.

Las energías renovables, los nuevos sistemas de almacenamiento y, quizá, la fusión nuclear contribuirían a sostener una civilización cada vez más electrificada. Sin embargo, el cambio climático seguirá condicionando nuestro futuro. Algunas regiones deberán adaptarse a temperaturas extremas, escasez de agua o transformaciones de sus ecosistemas. La tecnología podrá ayudarnos a afrontar esos desafíos, pero difícilmente nos permitirá ignorar las leyes de la naturaleza.

¿Y el espacio? Tal vez existan bases científicas permanentes en la Luna y pequeños asentamientos en Marte. Puede incluso que hayamos descubierto indicios convincentes de vida extraterrestre. Pero resulta improbable que otros planetas se hayan convertido en una alternativa habitable a la Tierra. Nuestro hogar seguirá siendo este pequeño mundo azul, suspendido en la inmensidad del universo.

Quizá las transformaciones más desconcertantes no sean materiales. Imaginemos una sociedad donde cada persona disponga de un asistente artificial siempre disponible, paciente, comprensivo y aparentemente empático. ¿Podrían esas máquinas convertirse en compañeros sentimentales? ¿Llegaríamos a preferir relaciones artificiales, diseñadas para satisfacer nuestras expectativas, frente a la complejidad de las relaciones humanas?

La posibilidad resulta inquietante. Porque la amistad, el amor y la convivencia no consisten únicamente en sentirse comprendido. También implican discrepancias, renuncias, compromisos y la aceptación de que los demás poseen una voluntad independiente de la nuestra. Quizá terminemos descubriendo que una compañía perfecta no es necesariamente una compañía verdadera.

La educación también deberá reinventarse. Cuando cualquier información pueda consultarse instantáneamente y las máquinas sean capaces de resolver problemas extraordinariamente complejos, la simple acumulación de datos perderá parte de su protagonismo. Aprender a razonar, formular preguntas, distinguir lo verdadero de lo falso y desarrollar un pensamiento independiente será más importante que nunca.

Pero demos otro salto. Dejemos atrás 2076 y viajemos hasta 2126. Cien años no representan simplemente el doble de progreso. Si las tecnologías actuales convergen, podríamos asistir a transformaciones que afecten a la propia naturaleza humana. En ese horizonte aparece una posibilidad todavía más extraordinaria: intervenir sobre los mecanismos biológicos del envejecimiento. La edad cronológica podría dejar de corresponderse necesariamente con el deterioro del organismo, obligándonos a reconsiderar nuestra relación con la vejez y la muerte.

Pero la transformación más profunda quizá no consista en prolongar nuestra existencia, sino en modificar nuestras capacidades. Las interfaces neuronales podrían permitir una comunicación directa entre el cerebro y los sistemas informáticos. Las prótesis dejarían de limitarse a sustituir funciones perdidas para ampliar algunas de nuestras facultades. La integración entre biología y tecnología difuminaría progresivamente las fronteras que hoy separan al organismo humano de las máquinas.

¿Seguiríamos siendo los mismos si pudiéramos ampliar artificialmente nuestra memoria, acceder directamente a sistemas externos de información mediante interfaces cerebrales o modificar determinadas capacidades cognitivas? ¿Dónde terminaría nuestra identidad biológica y comenzaría la tecnológica?

Al mismo tiempo, las inteligencias artificiales podrían superar a los mejores especialistas humanos en investigación científica, diseño tecnológico y resolución de problemas complejos. La automatización de la producción obligaría a redefinir el sentido del trabajo y el valor de aquellas actividades que no persiguen una finalidad económica.

Quizá existan entonces asentamientos humanos permanentes fuera de la Tierra, pequeñas comunidades que hayan aprendido a sobrevivir en ambientes hostiles mediante sistemas cerrados de producción de alimentos, reciclaje y soporte vital. La humanidad habría dado sus primeros pasos hacia una civilización multiplanetaria, aunque todavía dependiente de su planeta de origen.

Sin embargo, la conquista de nuevos mundos podría resultar menos trascendental que otra frontera: la que separa al ser humano de sus propias creaciones. Si llegamos a modificar nuestro organismo, ampliar artificialmente nuestras capacidades y convivir con inteligencias superiores a la nuestra, quizá debamos reconsiderar qué significa ser humano.

Durante milenios hemos buscado nuestra singularidad en facultades como el razonamiento, la creatividad o la capacidad de transformar el entorno. Pero ¿qué ocurrirá cuando algunas de ellas dejen de distinguirnos de nuestras propias creaciones?

Tal vez el mayor descubrimiento de los próximos cien años no sea lo que nuestras máquinas pueden llegar a hacer, sino lo que nosotros decidamos seguir siendo.

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Sobre el autor

Soy José Ramón Entenza, natural de Marín, en Pontevedra, Licenciado en Ciencias Físicas, Graduado en Farmacia y Licenciado en Derecho. He cursado estudios de doctorado en Inteligencia Artificial, y he publicado artículos de divulgación científica en diversas revistas especializadas y realizado numerosas ponencias internacionales de carácter científico... [leer más]

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