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EL PLANETA COMO JARDÍN

Publicada el 24 de septiembre de 202622 de septiembre de 2026 por José Ramón Entenza

O de quienes nunca terminan de ser extranjeros

Hay personas para las que el planeta parece tener las dimensiones del jardín de su casa. Llegan a un país desconocido, escuchan una lengua que apenas comprenden, prueban sabores que nunca habían encontrado, descubren costumbres que al principio les desconciertan y, en lugar de levantar inmediatamente las defensas, sienten curiosidad. Al cabo de un tiempo conocen a la gente, aprenden algunas palabras, empiezan a entender gestos que antes interpretaban mal y terminan moviéndose por aquel lugar con una naturalidad que sorprende a quienes necesitan sentirse siempre cerca de lo conocido.

No hablo exactamente de viajeros. Se puede recorrer medio mundo sin abandonar nunca la propia cultura. Hay hoteles, restaurantes, aeropuertos y barrios enteros capaces de mantenernos confortablemente protegidos de los lugares que visitamos. Hablo de otra clase de persona: la que permite que el lugar al que llega la modifique.

Siempre me ha intrigado esa capacidad. Más todavía ahora, cuando parecemos empeñados en dividir nuevamente el mundo en categorías cada vez más sencillas. Nosotros y ellos. Buenos y malos. Occidente y Oriente. Creyentes e infieles. Inmigrantes y nacionales. Amigos y enemigos. Las fronteras políticas quizá nunca hayan sido suficientes y por eso levantamos también fronteras mentales.

Lo curioso es que las personas tienen la desagradable costumbre de estropear esas clasificaciones.

Desde lejos resulta relativamente fácil hablar de «los árabes», «los rusos», «los chinos», «los americanos», «los africanos» o «los europeos». De cerca la tarea se complica. Aparece alguien con un nombre, una familia, una historia, sentido del humor, contradicciones, miedos y sueños. Puede parecernos admirable o insoportable, generoso o egoísta. Pero ha dejado de ser una categoría. Se ha convertido en una persona.

La literatura lleva mucho tiempo explorando ese momento. En Shōgun, de James Clavell, John Blackthorne llega al Japón del siglo XVII cargado con las certezas de un europeo de su tiempo. Muchas de las costumbres que encuentra le resultan incomprensibles o bárbaras; él tampoco resulta precisamente comprensible para los japoneses. Sin embargo, poco a poco sucede algo más interesante que una simple adaptación: comienza a modificar su manera de interpretar el mundo. El personaje, inspirado libremente en el navegante histórico William Adams, encarna precisamente esa fantasía transcultural del extranjero que aprende a mirar desde categorías que al principio no eran las suyas.

La realidad ofrece personajes todavía más desconcertantes. T. E. Lawrence conocía Oriente Próximo antes de convertirse en el Lawrence de Arabia de la leyenda: había estudiado arqueología, recorrido Siria y trabajado en las excavaciones de Carquemis, donde desarrolló un conocimiento cercano del mundo árabe antes de participar en la Rebelión Árabe durante la Primera Guerra Mundial. Su relación con aquel mundo estuvo atravesada por la guerra, el colonialismo y profundas contradicciones; precisamente por eso resulta más interesante que cualquier versión romántica del europeo seducido por el desierto.

Todavía más radical fue Isabelle Eberhardt. Nacida en Suiza en 1877, aprendió árabe, se instaló en Argelia, se convirtió al islam, recorrió el Sáhara vestida frecuentemente como un hombre y convirtió el norte de África en su hogar. Ni siquiera un ataque con sable que estuvo a punto de costarle un brazo consiguió romper aquella relación con el lugar y sus gentes. Lafcadio Hearn hizo algo diferente en Japón: llegó en 1890, se casó con Setsu Koizumi, adoptó la ciudadanía japonesa y el nombre Koizumi Yakumo, y dedicó buena parte de su obra a acercarse a las tradiciones y relatos de la sociedad en la que había decidido vivir.

¿Qué encuentran estas personas que otras no encontramos? ¿Una necesidad de aventura? ¿Una identidad menos ligada al territorio? ¿Mayor curiosidad? ¿O simplemente una facilidad especial para realizar una operación intelectual que parece sencilla y no lo es en absoluto: ¿aceptar que nuestra manera de vivir es una manera de vivir, no necesariamente la manera de vivir?

Quizá ahí empiece la empatía. No en pensar que todas las culturas son iguales ni que todo comportamiento merece aprobación. Comprender no obliga a justificar. Existen fanatismos, violencia, opresión y costumbres que podemos rechazar con toda claridad. Tampoco estas personas están protegidas por una ingenuidad milagrosa: pueden ser engañadas, atacadas, decepcionadas o descubrir aspectos de otra sociedad que detestan. La diferencia quizá aparezca después: no convierten necesariamente una experiencia individual en una sentencia sobre millones de desconocidos.

Y eso, en tiempos turbulentos, puede parecer casi antinatural. En cierto modo lo es. Durante buena parte de nuestra historia, distinguir rápidamente entre los nuestros y los extraños pudo significar supervivencia. El desconocido podía traer violencia, competir por los recursos o pertenecer al grupo enemigo. Seguimos llevando dentro una enorme facilidad para construir un «nosotros» y colocar enfrente un «ellos». Pero esa no es toda nuestra naturaleza. La misma especie que levantó murallas cruzó montañas y océanos, comerció con extranjeros, aprendió sus lenguas, intercambió conocimientos, mezcló poblaciones y acabó teniendo hijos con aquellos a quienes inicialmente llamaba extraños.

Quizá nuestra historia pueda leerse como una tensión interminable entre esas dos fuerzas: el instinto que nos invita a proteger la tribu y la curiosidad que nos empuja a salir de ella.

Quienes viven durante años entre culturas diferentes descubren además algo todavía más perturbador: llega un momento en que también empiezan a mirar su propia sociedad desde fuera. Costumbres que parecían naturales revelan de pronto que también son costumbres. Certezas que parecían universales adquieren fronteras. Se aprende otro idioma, pero también otra forma de callar, de saludar, de comer, de celebrar, de respetar, de discutir o de entender el tiempo. Y cuando se regresa, si se regresa, el país de origen continúa en el mismo lugar, pero quien vuelve ya no lo contempla desde el mismo sitio.

Tal vez por eso algunas de estas personas responden con cierta dificultad cuando se les pregunta dónde está su casa. No porque hayan perdido sus raíces, sino porque han adquirido demasiadas.

En un mundo que vuelve periódicamente a ordenarnos en bloques, banderas, religiones y bandos, esa actitud puede parecer ingenua e incluso temeraria. Quizá lo sea algunas veces. Pero existe otra posibilidad: que esas personas hayan descubierto algo profundamente humano que olvidamos cuando tenemos miedo.

Sentirse en casa lejos de casa no significa desconocer el peligro ni creer que todos somos iguales. Significa haber comprobado demasiadas veces que detrás de las grandes categorías siempre termina apareciendo alguien concreto.

Quizá no sean ciudadanos del mundo porque hayan dejado de pertenecer a algún lugar. Tal vez ocurra exactamente lo contrario: han aprendido a pertenecer a muchos.

Y entonces el planeta deja de parecer un territorio lleno de lugares extranjeros. Empieza, poco a poco, a parecerse al jardín de casa.

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Sobre el autor

Soy José Ramón Entenza, natural de Marín, en Pontevedra, Licenciado en Ciencias Físicas, Graduado en Farmacia y Licenciado en Derecho. He cursado estudios de doctorado en Inteligencia Artificial, y he publicado artículos de divulgación científica en diversas revistas especializadas y realizado numerosas ponencias internacionales de carácter científico... [leer más]

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