O del extraño oficio de volver a empezar
Hay derrotas que llegan haciendo ruido. Una enfermedad, una muerte, una separación, la pérdida del trabajo, una ruina económica, un proyecto al que hemos entregado años y que de pronto se desmorona. Sabemos perfectamente cuándo ocurrieron porque dividen nuestra biografía en dos: antes y después.
Otras derrotas son mucho más silenciosas. He conocido personas mayores que parecen haber renunciado sin pronunciar nunca esa palabra. Siguen levantándose por la mañana, comen, ven la televisión, realizan las tareas necesarias y quizá incluso salen a pasear. Pero algo se ha apagado. Ya no esperan demasiado del día siguiente. Cuando se les propone un viaje, una actividad, aprender algo nuevo o simplemente alterar una costumbre, responden con una frase que puede adoptar muchas formas y significa siempre lo mismo: ¿para qué?
También he visto el extremo contrario. Jóvenes para quienes un suspenso, una ruptura sentimental, un rechazo o el fracaso de un proyecto adquieren de pronto las dimensiones de una catástrofe. A quienes tenemos más años puede resultarnos una reacción desproporcionada. Sentimos la tentación de decirles que eso no es nada, que ya descubrirán cuáles son los verdaderos problemas de la vida.
Probablemente sea una de las peores cosas que podemos decirles. Porque el dolor no se mide desde fuera. Y porque nosotros poseemos algo que ellos todavía no tienen: perspectiva. Sabemos que después de aquel amor que creíamos irrepetible hubo otros; que sobrevivimos a determinados fracasos; que algunas puertas cuya clausura nos desesperó terminaron conduciéndonos, precisamente por estar cerradas, hacia lugares que entonces ni siquiera conocíamos. Ellos todavía no disponen de ese archivo de resurrecciones.
Entre uno y otro extremo nos encontramos los demás. Corremos. Nos levantamos, trabajamos, solucionamos problemas, atendemos obligaciones, pagamos facturas, respondemos mensajes y volvemos a acostarnos para empezar de nuevo. No hemos tirado la toalla porque seguimos corriendo, pero quizá llevamos tanto tiempo haciéndolo que hayamos olvidado hacia dónde íbamos. El hámster también corre. Se esfuerza. Se agota. Incluso puede aumentar la velocidad. Lo único que no hace es avanzar.
Tal vez las grandes crisis tengan algo en común con esas pequeñas renuncias cotidianas: reducen el horizonte. Cuando sufrimos intensamente, el presente adquiere una densidad extraordinaria. Parece ocuparlo todo. Nos cuesta imaginar que aquello que sentimos pueda cambiar porque confundimos una situación con una condena y un capítulo con el argumento completo.
Sin embargo, la historia humana está llena de biografías partidas. Beethoven comenzó a perder precisamente aquello de lo que dependía su existencia como músico: el oído. En 1802 escribió en Heiligenstadt un documento estremecedor en el que reconocía su desesperación e incluso cuánto se había acercado a la muerte. Tenía poco más de treinta años. Si pudiéramos detener su biografía allí, parecería el desenlace cruel de una vida. Pero nosotros conocemos algo que aquel Beethoven desesperado todavía ignoraba: quedaba música.
Viktor Frankl salió de los campos de concentración nazis después de haber perdido a buena parte de su familia. Su experiencia no produjo una fórmula mágica contra el sufrimiento —sería casi obsceno presentarla así—, pero sí una intuición poderosa que atravesaría después su obra: el ser humano necesita alguna posibilidad de sentido que apunte más allá del instante que está padeciendo.
La literatura lleva siglos contando lo mismo de otra manera. Ulises tarda años en regresar a Ítaca. Robinson Crusoe reconstruye una existencia donde parecía no quedar ninguna. Jean Valjean descubre en Los miserables que una vida marcada por la condena no tiene por qué permanecer para siempre encerrada dentro de ella. Quizá nos conmuevan esas historias porque dramatizan una esperanza muy antigua: la posibilidad de que un ser humano no coincida para siempre con su peor momento.
Pero hay que tener cuidado con la épica. No siempre se resurge escribiendo una sinfonía, atravesando un océano o comenzando una nueva vida. A veces resurgir consiste simplemente en ducharse después de varios días sin ganas de hacerlo. Salir a la calle. Llamar a alguien. Volver a abrir aquel libro. Matricularse a los setenta años en algo que siempre habíamos querido aprender. Aceptar que necesitamos ayuda. O reconocer, después de veinte años corriendo en nuestra rueda, que quizá el problema no sea nuestra incapacidad para correr más deprisa, sino que ha llegado el momento de bajarnos de ella.
¿Qué le diríamos entonces a quien ha tirado la toalla? Probablemente no «anímate». Tampoco «hay gente que está peor». Mucho menos «todo pasa», porque algunas cosas no pasan. Hay pérdidas que permanecen, enfermedades que no desaparecen y decisiones cuyas consecuencias no pueden deshacerse. Resurgir no significa regresar al punto anterior a la caída.
Quizá haya que decir algo más humilde. No sabes todavía todo lo que puede ocurrir después de esto. A la persona mayor que cree haber vivido ya cuanto tenía que vivir, le recordaría que mientras exista curiosidad queda territorio. No hace falta conquistar el mundo: puede bastar una conversación que todavía no ha ocurrido, una amistad inesperada, una música desconocida, un lugar cercano que nunca visitó o algo que aún no sabe hacer. La edad reduce algunas posibilidades, indudablemente, pero no convierte el futuro en una habitación vacía.
Al joven devastado por su primer gran fracaso no le quitaría importancia a su dolor. Le prestaría, si pudiera, algo de nuestra perspectiva. Le explicaría que existe una experiencia que solo proporcionan los años: descubrir cuántas veces estuvimos absolutamente convencidos de que algo era el final y resultó no serlo. Y a quienes seguimos corriendo dentro de la rueda quizá no haya que pedirles más esfuerzo. Tal vez necesiten exactamente lo contrario: detenerse el tiempo suficiente para preguntarse cuándo confundieron mantenerse ocupados con estar vivos.
No sé si estamos hechos para levantarnos siempre. Probablemente no. Hay golpes que necesitan tiempo, ayuda y, algunas veces, tratamiento profesional. Convertir el sufrimiento en una competición de fortaleza solo consigue añadir culpa a quien ya está herido.
Pero nuestra biografía tiene una característica extraordinaria: solo podemos leerla hacia atrás mientras estamos obligados a escribirla hacia delante. Por eso desconocemos el significado definitivo de muchas de las cosas que nos suceden mientras están sucediendo. Aquella pérdida puede seguir siendo una pérdida. Aquel fracaso continuará siendo un fracaso. Nada obliga a embellecerlos ni a agradecerlos. Pero ninguno de ellos conoce todavía la página siguiente. Nosotros tampoco.
Y quizá, cuando todo parece haberse detenido, esa pequeña incertidumbre sea suficiente para volver a empezar.
