O la grandeza de los ciudadanos ante la tragedia
Hay imágenes que nunca deberían existir. Escenas que quedan grabadas en la memoria colectiva y que, por mucho que transcurra el tiempo, se resisten a desaparecer. Un tren destrozado, el desconcierto de los supervivientes, las sirenas, los gritos, las miradas perdidas. Y personas que, apenas unos minutos antes, viajaban tranquilamente hacia sus destinos, ignorando que sus vidas estaban a punto de cambiar para siempre. Otra tragedia ferroviaria ha sacudido nuestro país. Otra vez el dolor, la incredulidad, las familias pendientes de una llamada, los hospitales movilizados y esa terrible incertidumbre que acompaña a las primeras horas de una catástrofe. Y otra vez, también, la extraordinaria respuesta de la gente corriente.
Hay algo profundamente conmovedor en la manera en que las poblaciones cercanas se vuelcan cuando ocurre una desgracia. No necesitan instrucciones, discursos ni convocatorias. Simplemente acuden. Abandonan sus casas, interrumpen sus trabajos y se acercan para ofrecer cuanto tienen: sus manos, sus vehículos, sus mantas, su agua, su tiempo. No preguntan a quién votan los heridos, de dónde vienen ni cuáles son sus creencias. No existen ideologías entre los restos de un tren. Solo seres humanos que necesitan ayuda y otros seres humanos dispuestos a prestársela. Sin condiciones. Sin cálculos. Sin término medio. Esa solidaridad espontánea me reconcilia con la humanidad. Me recuerda que, por debajo del ruido cotidiano, de nuestras diferencias y enfrentamientos, permanece intacta una capacidad extraordinaria para reconocernos en el sufrimiento ajeno.
Pero también hay imágenes que dejan heridas en quienes las contemplan. La de un joven caminando después de haber perdido un brazo es una de ellas. No necesito describirla. Basta imaginar el horror de ese instante, la confusión, el dolor y el futuro que acaba de quebrarse. Pienso en quienes lo vieron. En quienes corrieron a auxiliarlo. En los voluntarios, sanitarios, bomberos y vecinos que regresarán a sus casas llevando consigo recuerdos difíciles de borrar. Porque una tragedia no termina cuando se retiran los escombros. Continúa en los hospitales, en los hogares, en las ausencias y en la memoria de quienes estuvieron allí.
Y, mientras tanto, aparecen las preguntas. ¿Cómo ha podido suceder? ¿Por qué otro accidente en la misma línea, apenas nueve meses después? ¿Existían advertencias? ¿Se habían adoptado las medidas necesarias? ¿Hubo errores humanos, fallos técnicos, deficiencias de mantenimiento o decisiones equivocadas? No conozco las respuestas. Y precisamente por eso considero imprescindible buscarlas. Las tragedias no siempre tienen culpables, pero siempre merecen explicaciones. Y cuando está en juego la seguridad de miles de personas, la investigación debe ser rigurosa, independiente y transparente. Si existen responsabilidades, deben exigirse. Sean técnicas, administrativas, políticas o personales. Sin excepciones ni privilegios. Pedir responsabilidades no es aprovecharse del dolor. Es respetar a las víctimas y procurar que lo ocurrido no vuelva a repetirse.
Me duele imaginar que, mientras unas familias esperan noticias de sus seres queridos, haya quienes mantienen el tono electoral. Por eso les pido a nuestros políticos que no caigan en la indignidad y que respeten el dolor. Hay momentos para preguntar, investigar y exigir. Y hay formas de hacerlo sin perder el respeto por quienes padecen.
Quizás lo más doloroso sea el contraste. Mientras unos ciudadanos se precipitan hacia el peligro sin preguntarse qué pueden ganar, otros parecen incapaces de abandonar sus trincheras ni siquiera ante una desgracia compartida. Los primeros nos muestran lo mejor de nosotros mismos. Los segundos nos recuerdan cuánto nos queda por aprender. Quisiera que, cuando desaparezcan las cámaras y se apaguen los focos, no olvidemos a quienes seguirán necesitando ayuda. Que las promesas se traduzcan en hechos, que las investigaciones lleguen hasta el final y que ninguna responsabilidad quede enterrada bajo el paso del tiempo. Y exijamos a nuestros políticos, que aprendan del altruismo y la humanidad de las gentes a las que pretenden representar.
Y quisiera, que todos conservásemos algo de esta humanidad que brota espontáneamente junto a los restos de un tren. Porque tal vez nuestra mayor esperanza no esté en quienes pronuncian los discursos más solemnes, sino en esas personas anónimas que, cuando alguien cae, no preguntan quién es. Simplemente se agachan para levantarlo.
