O el rostro desfigurado de la política
Se acercan unas elecciones. Debería ser un momento ilusionante, una oportunidad para reflexionar sobre nuestro futuro colectivo, contrastar proyectos y decidir quiénes queremos que nos representen. Una celebración de la democracia, en definitiva. Sin embargo, confieso que me invade una sensación muy distinta: una mezcla de tristeza, cansancio y decepción.
Sé lo que nos espera. Lo hemos vivido demasiadas veces. Comenzará el espectáculo. Los insultos, las descalificaciones, las acusaciones cruzadas, las verdades a medias y las mentiras. Los discursos inflamados, las promesas imposibles, las declaraciones cuidadosamente diseñadas para provocar indignación. Cada palabra será examinada, no para comprenderla, sino para encontrar la manera de utilizarla contra alguien.
Y lo más triste es que casi nadie parecerá sorprendido. Hemos normalizado que quienes aspiran a gobernarnos se comporten de una manera que difícilmente toleraríamos en nuestros hijos. Les exigimos respeto, educación y honestidad, mientras contemplamos con resignación cómo nuestros representantes convierten el insulto en argumento y la descalificación en estrategia.
Pero ¿en qué momento aceptamos que la política consistiera en destruir al adversario en lugar de defender las propias ideas? No me molesta la discrepancia. Al contrario, la considero indispensable. Una sociedad donde todos piensan igual es una sociedad que ha dejado de pensar. Lo que me duele es la incapacidad para discrepar sin despreciar, para defender una convicción sin convertir al discrepante en enemigo.
Parece que hemos olvidado una distinción elemental: quien piensa de otra manera no tiene por qué ser ignorante, perverso o peligroso. Quizás simplemente contempla la realidad desde una perspectiva diferente.
Y después estamos nosotros, los ciudadanos. Me desconcierta observar con qué facilidad algunas personas adoptan las consignas de un grupo como si fueran verdades reveladas. Repiten afirmaciones que no han contrastado, defienden posiciones que apenas conocen y se indignan ante acontecimientos de los que solo han escuchado una versión.
No creo que siempre lo hagan por convicción. A veces sospecho que responde a una necesidad mucho más antigua y profundamente humana: la de pertenecer a un grupo. Necesitamos sentirnos parte de algo. Compartir símbolos, certezas, emociones y enemigos. Encontrar un lugar donde nuestra voz se funda con otras y nos proporcione la seguridad que individualmente nos falta.
Pero pertenecer a un grupo no debería exigirnos renunciar al pensamiento propio. Hay algo inquietante en esa facilidad con la que podemos transformar una opinión política en una identidad personal. Cuando eso sucede, cualquier crítica a nuestras ideas se interpreta como un ataque a nosotros mismos. Ya no escuchamos para comprender, sino para defendernos. Ya no buscamos razones, sino confirmaciones. Y así aparecen los fanatismos, las trincheras y esa extraña incapacidad para reconocer un acierto en el adversario o un error en quienes consideramos nuestros.
Sin embargo, aunque parezca increíble, hay una cosa que me entristece todavía más: los medios de comunicación. Durante mucho tiempo he pensado que el periodismo constituía uno de los grandes contrapesos del poder. Su misión era investigar, preguntar, contrastar, contextualizar y ofrecer al ciudadano los elementos necesarios para construir su propio criterio. No decirnos qué debemos pensar, sino ayudarnos a pensar.
Hoy me resulta extraordinariamente difícil encontrar esa voz. Abro un periódico, escucho una emisora o enciendo la televisión y, con demasiada frecuencia, sé de antemano qué interpretación recibiré de una noticia. Basta conocer el medio para anticipar quién será el culpable, quién la víctima, qué declaraciones se destacarán y cuáles quedarán relegadas al silencio.
La selección de los hechos ya constituye una forma de contar la realidad. También lo son el titular, el adjetivo, la fotografía elegida o el contexto que se omite. No siempre es necesario mentir para manipular. A veces basta con contar únicamente aquello que confirma una determinada interpretación.
Lo preocupante es que esa parcialidad ni siquiera parece necesitar disimulo. Se exhibe con una naturalidad que me desconcierta, como si el periodismo hubiera aceptado convertirse en una prolongación de la contienda política.
No cuestiono el derecho a opinar. La opinión es legítima, necesaria y enriquecedora. Existen excelentes artículos de opinión que nos obligan a reconsiderar nuestras certezas. Lo que cuestiono es la confusión deliberada entre informar y opinar, entre explicar un acontecimiento y conducir al lector hacia una conclusión predeterminada. La información debería permitirnos formar una opinión. No entregárnosla ya fabricada.
Tal vez idealizo un periodismo que nunca fue completamente independiente. Quizás siempre existieron intereses económicos, afinidades ideológicas y compromisos políticos. Sería ingenuo pensar lo contrario. Pero reconocer que la objetividad absoluta es inalcanzable no debería servir de excusa para abandonar la búsqueda de la ecuanimidad.
Porque la honestidad intelectual no consiste en carecer de convicciones. Consiste en no permitir que nuestras convicciones deformen deliberadamente los hechos. Y aquí aparece una paradoja dolorosa: nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, sin embargo, parece cada vez más difícil distinguir lo verdadero de lo conveniente.
Disponemos de miles de fuentes, pero tendemos a consultar aquellas que nos dan la razón. Podemos contrastar casi cualquier afirmación, pero preferimos compartirla si confirma nuestras sospechas. Reclamamos honestidad a los políticos mientras disculpamos las mentiras de aquellos con quienes simpatizamos. Quizás el problema no esté únicamente en quienes nos gobiernan o nos informan. También reside en nuestra disposición a dejarnos gobernar por las emociones y a confundir nuestras preferencias con la verdad.
No sé cómo recuperar la serenidad del debate público. Ni siquiera estoy seguro de que alguna vez la hayamos disfrutado plenamente. Pero me resisto a aceptar que la democracia deba reducirse a una competición de gritos, insultos y consignas. Me gustaría escuchar a un político reconocer que su adversario tiene razón en algo. A un periodista presentar con el mismo rigor los errores de quienes comparten sus ideas y los de quienes las combaten. A un ciudadano cambiar de opinión sin sentirse traidor a ninguna causa.
Me gustaría encontrar una voz que no intentase convencerme, sino ayudarme a comprender. Quizás pido demasiado. O quizás estamos pidiendo demasiado poco. Porque la democracia no se deteriora únicamente cuando alguien intenta arrebatarnos el derecho a votar. También se empobrece cuando dejamos de escuchar, cuando renunciamos a pensar por nosotros mismos y cuando la verdad se convierte en una cuestión de bandos.
Se acercan unas elecciones. Volveremos a depositar una papeleta en una urna, convencidos de estar ejerciendo nuestra libertad. Y lo estaremos. Pero me pregunto si no deberíamos exigirnos algo más que elegir libremente a nuestros representantes. Tal vez la verdadera madurez democrática comience cuando seamos capaces de defender nuestras ideas sin necesitar que los demás estén equivocados.
