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MUNDOS QUE PERMANECEN

Publicada el 17 de septiembre de 202617 de septiembre de 2026 por José Ramón Entenza

O de nuestra fascinación por el pasado

A veces olvidamos lo extraordinario que resulta saber que todo aquello ocurrió.

Babilonia estuvo llena de gente. Las pirámides fueron alguna vez edificios nuevos. Hubo un tiempo en que nadie sabía que Roma llegaría a dominar el Mediterráneo y otro en el que los templos egipcios estaban llenos de sacerdotes, incienso, plegarias y dioses que nadie consideraba mitológicos. Las ciudades mayas tuvieron mercados, gobernantes y niños corriendo por sus calles; hubo noches en que alguien levantó los ojos hacia el cielo desde algún lugar de los Andes sin imaginar que existía Roma, París o Jerusalén.

Nosotros llegamos después. Conocemos las ruinas, las vitrinas de los museos y las páginas de los libros de Historia. Sabemos quién venció, qué imperio desapareció, qué ciudad fue destruida y qué religión sustituyó a otra. Para nosotros, Egipto, Grecia, Roma o la Edad Media son épocas. Para quienes vivieron en ellas eran el mundo.

Quizá por eso nos fascinan tanto. Y quizá por eso la novela histórica posee una capacidad que pocas veces valoramos suficientemente: cuando es buena, no se limita a enseñarnos cómo vestían los romanos o qué comían los egipcios. Durante unas horas intenta arrebatarnos la enorme ventaja de haber nacido después. Nos introduce en un mundo cuyo futuro todavía no existe.

Entonces Grecia vuelve a llenarse de preguntas. Resulta difícil no sentir cierta fascinación por aquellos hombres que discutieron sobre la materia, la justicia, la belleza, el conocimiento o la naturaleza del ser humano cuando todavía quedaba tanto por explicar. Miraron el mundo y tuvieron una extraordinaria voracidad por comprenderlo. Algunas de sus respuestas envejecieron hace siglos; algunas de sus preguntas, en cambio, continúan sentándose a nuestra mesa.

Roma parece impulsada por otra clase de hambre. Construye calzadas, ciudades y acueductos, legisla, comercia, combate y avanza. Su apetito por conquistar lleva sus legiones desde los desiertos africanos hasta los bosques de Germania y las brumas de Britania. Hoy contemplamos un mapa y conocemos sus fronteras; ellos tuvieron que recorrerlas. Miles de hombres nacidos en lugares diferentes caminaron hacia territorios que jamás habían visto llevando consigo una lengua, unas leyes, unos dioses y la convicción de pertenecer a algo destinado a perdurar. Y, durante mucho tiempo, debió de parecerles que Roma no podía terminar.

Egipto produce una fascinación distinta, casi magnética. Tal vez porque en él resulta difícil separar la vida de lo sagrado. El Nilo no era simplemente un río, ni el Sol una estrella, ni la muerte únicamente el final de una existencia. El universo entero parecía participar de un orden que debía renovarse una y otra vez. Los muertos eran preparados para continuar su viaje; los templos servían de morada a los dioses; nombres, cuerpos e imágenes luchaban contra el olvido. Resulta difícil imaginar qué significaba contemplar aquellas construcciones cuando aún conservaban sus colores, cuando las estatuas estaban completas y las salas que hoy recorremos como turistas permanecían envueltas en penumbra, humo y misterio.

Y todavía podemos retroceder más. Hasta Mesopotamia, hasta aquellas ciudades nacidas entre ríos donde alguien hundió un cálamo en arcilla húmeda y consiguió uno de los prodigios más hermosos de nuestra historia: hacer que una voz sobreviviera a quien la había pronunciado. Desde entonces los seres humanos pudieron hablar con personas que todavía no habían nacido. Administraron cosechas y deudas, escribieron leyes, rezaron a sus dioses y contaron historias. Algunas de aquellas tablillas han atravesado miles de años para terminar ante nuestros ojos.

Después llega la Edad Media, quizá una de las épocas que más hemos deformado con nuestra imaginación. Nos seducen sus castillos, monasterios, caballeros y ciudades amuralladas, pero detrás de ellos existieron millones de vidas mucho menos legendarias y quizá por eso más fascinantes. Hombres y mujeres que dependían de una cosecha, temían una enfermedad que hoy curaríamos fácilmente, recorrían a pie distancias que nosotros atravesamos en una hora y contemplaban cómo una catedral comenzaba a elevarse sabiendo que probablemente morirían antes de verla terminada. Tenían miedo, hambre y guerras, pero también mercados, canciones, fiestas, amor, deseo, humor, amistad y relatos junto al fuego. Sobrevivir también era vivir.

Y al otro lado del océano estaban creciendo otros mundos: mayas, mexicas, incas y muchas otras sociedades habían observado las estrellas, levantado ciudades, organizado imperios, construido calendarios, carreteras, sistemas agrícolas, religiones y maneras propias de explicar la existencia. Durante siglos desarrollaron sus respuestas sin conocer a Aristóteles, César o Cristo. Cuando aquellos universos humanos finalmente se encontraron, el choque fue brutal. Pero para nosotros queda además un asombro difícil de agotar: mientras Europa creía conocer el mundo, había mundos enteros desarrollándose fuera de su mirada.

Quizá ahí se encuentre la verdadera fascinación del pasado. No en descubrir que nuestros antepasados eran iguales que nosotros, sino en comprobar cuántas maneras diferentes ha habido de ser humano.

Un egipcio podía contemplar el Nilo y ver algo que nosotros ya no podemos ver. Un griego miraba una tormenta dentro de un universo habitado por dioses. Un campesino medieval entraba en un bosque con temores que nuestra luz eléctrica ha borrado. Un navegante podía observar el horizonte sin saber qué había más allá. Nosotros conocemos demasiadas respuestas que ellos ignoraban, pero hemos perdido también algunas de sus preguntas, algunos de sus miedos y, seguramente, algunas formas de asombro.

Por eso una gran novela histórica no debería limitarse a reconstruir decorados. Su desafío verdadero consiste en devolver vida a una mirada desaparecida. Hacernos olvidar durante unas páginas que Roma caerá, que los templos serán ruinas, que los dioses dejarán de recibir plegarias y que las ciudades terminarán enterradas. Conseguir que el pasado vuelva a ser presente y que, durante unas horas, tampoco nosotros sepamos qué sucederá mañana.

Tal vez abramos esos libros pensando que queremos escapar de nuestro tiempo. Sin embargo, cuando regresamos, algo ha cambiado. Descubrimos que vivimos rodeados de los restos de innumerables intentos humanos por comprender la existencia y que nuestra propia manera de hacerlo es solamente una más.

Porque nosotros también creemos vivir en el presente definitivo. Construimos ciudades, confiamos en nuestras certezas, discutimos sobre política, ciencia, religión o tecnología y contemplamos el futuro como si nos perteneciera. Pero algún día nuestras pantallas estarán apagadas, nuestros edificios habrán envejecido y muchas de las cosas que hoy consideramos evidentes resultarán incomprensibles.

Entonces quizá alguien intente reconstruirnos. Quizá abra una novela ambientada en nuestro siglo y se sorprenda de nuestras costumbres, de nuestras creencias, de nuestros temores y de la extraña manera en que contemplábamos el mundo.

Y, por un instante, tal vez se haga la misma pregunta que nosotros nos hacemos al mirar hacia aquellos mundos que creíamos desaparecidos: ¿Cómo sería estar vivo entonces?

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Sobre el autor

Soy José Ramón Entenza, natural de Marín, en Pontevedra, Licenciado en Ciencias Físicas, Graduado en Farmacia y Licenciado en Derecho. He cursado estudios de doctorado en Inteligencia Artificial, y he publicado artículos de divulgación científica en diversas revistas especializadas y realizado numerosas ponencias internacionales de carácter científico... [leer más]

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