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EL NUEVO 1984

Publicada el 10 de septiembre de 20263 de septiembre de 2026 por José Ramón Entenza

O de las nuevas formas de dejar de pensar

Hoy he compartido el almuerzo con dos personas a las que, cariñosamente, suelo llamar «pensadores».

No porque se dediquen profesionalmente a la filosofía ni porque pasen sus días encerrados entre libros, sino porque conservan algo que siempre me ha fascinado: curiosidad. Durante la conversación aparecieron escritores, películas, filósofos, religiones, compositores. Una idea llevaba a otra, una novela desembocaba en una determinada forma de entender la existencia y una pieza musical terminaba abriendo una discusión sobre el ser humano. Escucharlos era asistir a una pequeña tertulia universal improvisada alrededor de una mesa.

En algún momento miré alrededor.

Desde la terraza veía a la gente pasear, las otras mesas, los teléfonos que aparecían y desaparecían de nuestras manos. Pensé en todas aquellas personas que habían ido pasando por nuestra conversación. Hombres y mujeres que dedicaron buena parte de sus vidas a intentar comprender qué somos, cómo deberíamos vivir, qué podemos conocer o qué merece la pena conservar.

Y entonces me acordé de George Orwell.

Tuve una sensación incómoda: quizá 1984 no esté tan lejos. Solo que podemos estar acercándonos por un camino que Orwell difícilmente habría imaginado.

En su novela, el poder necesitaba controlar la información. El Ministerio de la Verdad reescribía el pasado, las palabras desaparecían, los hechos cambiaban según las necesidades del presente. Quien controla lo que puede conocerse termina controlando también, de alguna manera, aquello que puede pensarse.

Nuestro mundo parece exactamente lo contrario.

Nunca habíamos tenido acceso a tanta información. En el pequeño teléfono que llevamos en el bolsillo caben bibliotecas que ningún emperador pudo reunir. Podemos leer a Platón, escuchar a Bach, contemplar las imágenes de una galaxia situada a millones de años luz, consultar periódicos de varios países o asistir a una clase impartida al otro lado del planeta.

El problema ya no es la escasez. Quizá sea la abundancia.

No hace falta prohibir una idea si podemos enterrarla bajo otras diez mil. No es necesario quemar un libro que casi nadie encontrará tiempo para leer. Tampoco necesitamos destruir una verdad si conseguimos que conviva con miles de afirmaciones falsas, medias verdades, rumores y opiniones hasta que resulte difícil reconocerla.

Y aquí Orwell quizá necesite sentarse a conversar con otro escritor.

Aldous Huxley imaginó en Un mundo feliz una distopía diferente. Su sociedad no necesitaba únicamente miedo o vigilancia. Había aprendido a domesticar al individuo mediante el condicionamiento, el placer, el consumo y la distracción. Una población entretenida podía resultar tan dócil como una población atemorizada.

Orwell temía un mundo en el que alguien pudiera impedirnos acceder a determinadas ideas. Huxley imaginó otro en el que tal vez terminaríamos demasiado distraídos para buscarlas.

Nuestro tiempo tiene algo de ambos.

Y ha añadido algo que ninguno de ellos llegó a conocer: el algoritmo.

No hace falta imaginar a un Gran Hermano sentado en algún despacho decidiendo personalmente qué debemos pensar. Los sistemas que ordenan buena parte de la información que recibimos aprenden qué nos interesa, qué nos indigna, qué confirma nuestras convicciones, qué deseamos comprar y qué consigue mantener nuestra atención unos segundos más.

No necesitan decirnos: «Piensa esto».

Puede bastar con repetir: «Mira esto».

Porque aquello a lo que prestamos atención termina construyendo una parte importante del mundo que creemos conocer.

El problema, por supuesto, no es disponer de información. Sería absurdo añorar un pasado en el que el conocimiento estaba al alcance de muchos menos. Internet ha democratizado saberes, ha derribado fronteras y nos permite aprender en unas horas cosas que hace apenas unas décadas podían exigir semanas de búsqueda.

La paradoja es otra: tener acceso al conocimiento no significa necesariamente adquirir conocimiento.

Podemos estar extraordinariamente informados y comprender muy poco. Podemos conocer cada polémica del día y desconocer casi todo aquello que ocurrió antes de que naciéramos. Podemos recibir cientos de opiniones y no disponer del silencio necesario para construir una propia.

Y quizá sea ahí donde 1984 vuelve a resultar incómodamente contemporáneo.

No porque vivamos bajo la dictadura imaginada por Orwell. No es necesario exagerar la comparación para que resulte inquietante. La semejanza está en algo más sutil: la fragilidad de nuestra capacidad para juzgar cuando otros seleccionan continuamente la realidad que contemplamos.

Compramos porque algo apareció ante nosotros suficientes veces. Repetimos expresiones que hace unos meses no utilizábamos. Nos indignamos colectivamente durante unas horas y después trasladamos nuestra indignación hacia el siguiente asunto. Opinamos sobre cuestiones que apenas hemos tenido tiempo de comprender. Y, con frecuencia, buscamos información no para poner a prueba nuestras convicciones, sino para confirmarlas.

Tal vez la amenaza más eficaz contra el pensamiento no sea impedirnos pensar. Quizá sea no dejarnos tiempo para hacerlo.

Pensé de nuevo en la conversación de aquella mesa.

En algún momento habíamos pasado de la literatura al cine, del cine a la filosofía, de la filosofía a la religión y de allí a la música. No había un algoritmo decidiendo cuál debía ser el siguiente tema. Nadie intentaba retener nuestra atención para venderla después. Podíamos discrepar, detenernos, recordar un libro, reconocer que ignorábamos algo o descubrir que una idea que creíamos nuestra había sido formulada siglos antes.

Entonces comprendí que quizá exista una diferencia fundamental entre el mundo de Orwell y el nuestro. Winston apenas podía elegir. Nosotros todavía podemos hacerlo.

Podemos cerrar una pantalla. Leer un libro que contradiga nuestras ideas. Escuchar a alguien con quien no estamos de acuerdo. Preguntarnos quién ha seleccionado la información que estamos viendo y por qué. Podemos recuperar la conversación, la curiosidad y también ese silencio incómodo en el que una opinión deja de ser simplemente algo recibido y comienza a convertirse en algo pensado.

Tal vez el nuevo 1984 no llegue con enormes pantallas vigilándonos desde las paredes ni con un Ministerio de la Verdad.

Quizá resulte mucho más amable, entretenido y cómodo que todo eso.

Y precisamente por eso conviene recordar que todavía conservamos algo que ninguna pantalla debería ejercer en nuestro lugar: la capacidad de pensar por nosotros mismos.

EL NUEVO 1984

O de las nuevas formas de dejar de pensar

Hoy he compartido el almuerzo con dos personas a las que, cariñosamente, suelo llamar «pensadores».

No porque se dediquen profesionalmente a la filosofía ni porque pasen sus días encerrados entre libros, sino porque conservan algo que siempre me ha fascinado: curiosidad. Durante la conversación aparecieron escritores, películas, filósofos, religiones, compositores. Una idea llevaba a otra, una novela desembocaba en una determinada forma de entender la existencia y una pieza musical terminaba abriendo una discusión sobre el ser humano. Escucharlos era asistir a una pequeña tertulia universal improvisada alrededor de una mesa.

En algún momento miré alrededor.

Desde la terraza veía a la gente pasear, las otras mesas, los teléfonos que aparecían y desaparecían de nuestras manos. Pensé en todas aquellas personas que habían ido pasando por nuestra conversación. Hombres y mujeres que dedicaron buena parte de sus vidas a intentar comprender qué somos, cómo deberíamos vivir, qué podemos conocer o qué merece la pena conservar.

Y entonces me acordé de George Orwell.

Tuve una sensación incómoda: quizá 1984 no esté tan lejos. Solo que podemos estar acercándonos por un camino que Orwell difícilmente habría imaginado.

En su novela, el poder necesitaba controlar la información. El Ministerio de la Verdad reescribía el pasado, las palabras desaparecían, los hechos cambiaban según las necesidades del presente. Quien controla lo que puede conocerse termina controlando también, de alguna manera, aquello que puede pensarse.

Nuestro mundo parece exactamente lo contrario.

Nunca habíamos tenido acceso a tanta información. En el pequeño teléfono que llevamos en el bolsillo caben bibliotecas que ningún emperador pudo reunir. Podemos leer a Platón, escuchar a Bach, contemplar las imágenes de una galaxia situada a millones de años luz, consultar periódicos de varios países o asistir a una clase impartida al otro lado del planeta.

El problema ya no es la escasez. Quizá sea la abundancia.

No hace falta prohibir una idea si podemos enterrarla bajo otras diez mil. No es necesario quemar un libro que casi nadie encontrará tiempo para leer. Tampoco necesitamos destruir una verdad si conseguimos que conviva con miles de afirmaciones falsas, medias verdades, rumores y opiniones hasta que resulte difícil reconocerla.

Y aquí Orwell quizá necesite sentarse a conversar con otro escritor.

Aldous Huxley imaginó en Un mundo feliz una distopía diferente. Su sociedad no necesitaba únicamente miedo o vigilancia. Había aprendido a domesticar al individuo mediante el condicionamiento, el placer, el consumo y la distracción. Una población entretenida podía resultar tan dócil como una población atemorizada.

Orwell temía un mundo en el que alguien pudiera impedirnos acceder a determinadas ideas. Huxley imaginó otro en el que tal vez terminaríamos demasiado distraídos para buscarlas.

Nuestro tiempo tiene algo de ambos.

Y ha añadido algo que ninguno de ellos llegó a conocer: el algoritmo.

No hace falta imaginar a un Gran Hermano sentado en algún despacho decidiendo personalmente qué debemos pensar. Los sistemas que ordenan buena parte de la información que recibimos aprenden qué nos interesa, qué nos indigna, qué confirma nuestras convicciones, qué deseamos comprar y qué consigue mantener nuestra atención unos segundos más.

No necesitan decirnos: «Piensa esto».

Puede bastar con repetir: «Mira esto».

Porque aquello a lo que prestamos atención termina construyendo una parte importante del mundo que creemos conocer.

El problema, por supuesto, no es disponer de información. Sería absurdo añorar un pasado en el que el conocimiento estaba al alcance de muchos menos. Internet ha democratizado saberes, ha derribado fronteras y nos permite aprender en unas horas cosas que hace apenas unas décadas podían exigir semanas de búsqueda.

La paradoja es otra: tener acceso al conocimiento no significa necesariamente adquirir conocimiento.

Podemos estar extraordinariamente informados y comprender muy poco. Podemos conocer cada polémica del día y desconocer casi todo aquello que ocurrió antes de que naciéramos. Podemos recibir cientos de opiniones y no disponer del silencio necesario para construir una propia.

Y quizá sea ahí donde 1984 vuelve a resultar incómodamente contemporáneo.

No porque vivamos bajo la dictadura imaginada por Orwell. No es necesario exagerar la comparación para que resulte inquietante. La semejanza está en algo más sutil: la fragilidad de nuestra capacidad para juzgar cuando otros seleccionan continuamente la realidad que contemplamos.

Compramos porque algo apareció ante nosotros suficientes veces. Repetimos expresiones que hace unos meses no utilizábamos. Nos indignamos colectivamente durante unas horas y después trasladamos nuestra indignación hacia el siguiente asunto. Opinamos sobre cuestiones que apenas hemos tenido tiempo de comprender. Y, con frecuencia, buscamos información no para poner a prueba nuestras convicciones, sino para confirmarlas.

Tal vez la amenaza más eficaz contra el pensamiento no sea impedirnos pensar. Quizá sea no dejarnos tiempo para hacerlo.

Pensé de nuevo en la conversación de aquella mesa.

En algún momento habíamos pasado de la literatura al cine, del cine a la filosofía, de la filosofía a la religión y de allí a la música. No había un algoritmo decidiendo cuál debía ser el siguiente tema. Nadie intentaba retener nuestra atención para venderla después. Podíamos discrepar, detenernos, recordar un libro, reconocer que ignorábamos algo o descubrir que una idea que creíamos nuestra había sido formulada siglos antes.

Entonces comprendí que quizá exista una diferencia fundamental entre el mundo de Orwell y el nuestro. Winston apenas podía elegir. Nosotros todavía podemos hacerlo.

Podemos cerrar una pantalla. Leer un libro que contradiga nuestras ideas. Escuchar a alguien con quien no estamos de acuerdo. Preguntarnos quién ha seleccionado la información que estamos viendo y por qué. Podemos recuperar la conversación, la curiosidad y también ese silencio incómodo en el que una opinión deja de ser simplemente algo recibido y comienza a convertirse en algo pensado.

Tal vez el nuevo 1984 no llegue con enormes pantallas vigilándonos desde las paredes ni con un Ministerio de la Verdad.

Quizá resulte mucho más amable, entretenido y cómodo que todo eso.

Y precisamente por eso conviene recordar que todavía conservamos algo que ninguna pantalla debería ejercer en nuestro lugar: la capacidad de pensar por nosotros mismos.

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Sobre el autor

Soy José Ramón Entenza, natural de Marín, en Pontevedra, Licenciado en Ciencias Físicas, Graduado en Farmacia y Licenciado en Derecho. He cursado estudios de doctorado en Inteligencia Artificial, y he publicado artículos de divulgación científica en diversas revistas especializadas y realizado numerosas ponencias internacionales de carácter científico... [leer más]

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