O del valor de cambiar de rumbo
Hay momentos en los que uno desearía poder asomarse unos minutos al futuro.
No para conocer los números de la lotería ni evitar todas las desgracias, sino para resolver preguntas mucho más cercanas. ¿Acepto ese trabajo? ¿Dejo el que tengo? ¿Me voy a vivir a otro país? ¿Empiezo esos estudios? ¿Abandono una seguridad que ya no me satisface por algo que podría salir mal?
Bastarían cinco minutos. Los suficientes para encontrarnos con nuestro yo de dentro de dos o tres años y preguntarle: ¿lo hicimos bien?
Pero esa posibilidad no existe. Y quizá por eso algunas decisiones terminan definiendo nuestra vida.
Desde muy antiguo hemos intentado domesticar esa incertidumbre. Consultamos oráculos, interpretamos augurios, observamos los astros. Hoy recurrimos a estadísticas, previsiones, simulaciones, expertos o interminables búsquedas en internet. Las herramientas han cambiado, pero detrás de todas ellas permanece un deseo profundamente humano: queremos conocer el resultado antes de asumir el riesgo. Y no podemos.
Naturalmente, una decisión importante debe pensarse. Podemos reunir información, comparar alternativas, calcular qué arriesgamos, imaginar escenarios y preparar incluso una salida si las cosas se tuercen. Eso no es miedo, sino prudencia.
El problema aparece cuando esperamos que todo ese análisis termine proporcionándonos algo que no puede ofrecernos: certeza. Siempre quedará una variable desconocida. La empresa que parecía sólida puede atravesar dificultades. El trabajo soñado puede decepcionarnos. La ciudad elegida puede no parecernos tan maravillosa cuando dejamos de visitarla y empezamos a vivir en ella. Nosotros mismos podemos cambiar.
Llega, por tanto, un momento en que ya no queda mucho más que calcular. Hay que decidir. Y quizá entonces comienza una parte de la decisión de la que hablamos menos. Porque elegir no consiste únicamente en señalar un camino. También hay que darle una oportunidad verdadera.
No parece razonable cambiar de país mientras contamos cada dificultad como una prueba de que deberíamos regresar. Ni comenzar unos estudios preguntándonos cada semana si nos hemos equivocado. Ni aceptar un nuevo trabajo comparando cada inconveniente con la seguridad que abandonamos. Si avanzamos mirando continuamente hacia atrás, corremos el riesgo de convertir la duda en uno de los obstáculos del propio camino.
Ahí entran tres palabras que a veces han sido maltratadas por el lenguaje de la autoayuda: actitud, optimismo y determinación.
La actitud no hace desaparecer las dificultades; decide desde dónde las contemplamos. El optimismo no consiste en creer ingenuamente que todo saldrá bien, sino en confiar en que también podremos enfrentarnos a aquello que salga mal. Y la determinación no significa obstinarse cuando la realidad aconseja cambiar de rumbo, sino conceder a nuestra elección el tiempo y el esfuerzo necesarios antes de declararla equivocada.
Porque también tendremos que rectificar alguna vez. Y quizá sea esta posibilidad la que más miedo provoca cuando estamos ante una decisión importante. Pensamos en todo lo que podríamos perder: años, estabilidad, dinero, posición, oportunidades. Imaginamos el fracaso como un regreso humillante al punto de partida. Pero pocas veces regresamos realmente al mismo lugar.
Alguien abandona su ciudad para trabajar en otro país y dos años después decide volver. Desde fuera puede parecer que la aventura no funcionó. Sin embargo, quien regresa quizá habla otro idioma, ha conocido otra cultura, aprendido otra forma de trabajar, hecho amigos, superado dificultades que antes le parecían enormes y descubierto cosas sobre sí mismo que difícilmente habría aprendido permaneciendo donde estaba.
Puede haber perdido algo, por supuesto. Idealizar cualquier decisión sería tan absurdo como temerla de antemano. Pero también habrá ganado algo que no figuraba en ninguno de los cálculos iniciales: la experiencia de haber recorrido ese camino.
Ulises regresó a Ítaca. Pero el hombre que volvió no podía ser el mismo que había partido. El viaje no desapareció porque terminara en el lugar donde había comenzado.
Quizá deberíamos recordar algo parecido cuando afrontamos nuestros propios cambios de rumbo. No todas las decisiones acertadas conducen al éxito que imaginábamos, ni todas las que terminamos rectificando fueron necesariamente errores. Algunas sirven para llevarnos hasta un lugar; otras, para enseñarnos que no queríamos permanecer allí. Y ambas pueden hacernos avanzar.
Nunca podremos asomarnos cinco minutos al futuro para preguntarle a quien seremos si hemos elegido bien. Tendremos que decidir con algo de información, bastante incertidumbre y esa incómoda posibilidad de equivocarnos que acompaña a casi todas las decisiones importantes.
Podemos ser prudentes antes de elegir. Debemos serlo. Medir los riesgos, preparar alternativas, preguntarnos qué estamos dispuestos a perder. Pero llega un momento en que hay que empezar a caminar. Con actitud para descubrir lo que el nuevo camino ofrece. Con optimismo para no convertir cada dificultad en la demostración de que nos equivocamos. Y con determinación suficiente para darle a nuestra decisión la oportunidad de funcionar.
Después vendrán los ajustes. Quizá incluso la rectificación.
Y si algún día tenemos que regresar, probablemente descubriremos algo que no podíamos saber cuándo partimos: que volver no siempre significa regresar al mismo lugar, porque nosotros ya no somos los mismos.
