O de la próxima frontera de la neurociencia
Aristóteles pensaba que el corazón era el centro de las sensaciones y la inteligencia, mientras atribuía al cerebro, entre otras funciones, la de moderar su calor. Puede sorprendernos hoy, pero la intuición tampoco resultaba absurda. El corazón se acelera cuando tenemos miedo, se agita ante quien amamos y parece detenerse cuando recibimos una noticia terrible. El cerebro, en cambio, permanece silencioso.
Tuvieron que pasar más de dos mil años para que empezáramos a asomarnos de verdad a su interior. A finales del siglo XIX, Santiago Ramón y Cajal observó al microscopio aquellas formas oscuras y ramificadas, semejantes a árboles diminutos, que ayudaron a demostrar que el sistema nervioso estaba formado por células individuales capaces de comunicarse entre sí. Sus dibujos poseen todavía hoy una extraña belleza. No solo estaba contemplando neuronas: empezábamos a descubrir la materia de la que surgen nuestros pensamientos.
Más de un siglo después podemos observar parte de la actividad cerebral mientras una persona habla, recuerda o toma una decisión, distinguir tipos de células y reconstruir circuitos con una precisión que Cajal difícilmente habría imaginado. Pero conocer el mapa no significa comprender todavía todo lo que sucede en él. Entre una neurona que se activa y alguien que recuerda el rostro de una persona amada sigue existiendo una distancia formidable. Y ahí aparece una de las paradojas más fascinantes de nuestro tiempo: todavía no comprendemos completamente cómo piensa el cerebro, pero ya hemos empezado a comunicarnos con él.
Personas que han perdido la capacidad de hablar debido a enfermedades neurológicas han conseguido volver a comunicarse mediante interfaces que transforman determinadas señales cerebrales en palabras o incluso en voz sintetizada. No estamos leyendo libremente sus pensamientos. Una persona intenta pronunciar unas palabras, su cuerpo ya no puede convertirlas en sonidos, pero la intención continúa formándose en el cerebro y una máquina consigue encontrar otro camino para que llegue hasta nosotros.
Durante cientos de miles de años, el pensamiento necesitó músculos para abandonar el cerebro: una boca que hablase, una mano que escribiera, unos dedos que tocaran un instrumento. Estamos empezando a saltarnos algunos de esos intermediarios.
Y no solo observamos. Comenzamos también a intervenir. La actividad neuronal puede utilizarse para controlar dispositivos y determinados circuitos pueden estimularse con fines terapéuticos. Recuperar movimientos, mejorar prótesis o devolver formas de comunicación a quien las ha perdido son posibilidades que empiezan a abandonar el territorio de la ciencia ficción.
Pero cada frontera atravesada descubre otra detrás. Devolver una capacidad perdida parece un objetivo difícilmente discutible. ¿Y aumentarla? Siempre hemos utilizado la tecnología para superar nuestras limitaciones: inventamos la escritura para extender la memoria, el telescopio para ampliar la vista y las máquinas para multiplicar nuestra fuerza. La diferencia es que esas herramientas permanecían fuera de nosotros. La próxima quizá no.
Si algún día pudiéramos mejorar la memoria o la atención de una persona sana, o conectar determinadas capacidades directamente con sistemas artificiales, ya no estaríamos preguntándonos únicamente cómo curar al ser humano, sino hasta dónde estamos dispuestos a modificarlo. Y aparecerían cuestiones todavía más incómodas. Si una máquina puede interpretar información cerebral, ¿a quién pertenece? ¿Existe algo más íntimo que aquello que todavía no hemos decidido decir?
Sin embargo, mientras empezamos a plantearnos qué podremos hacer con el cerebro, seguimos sin resolver completamente una pregunta mucho más antigua: cómo puede esa materia llegar a producir una experiencia consciente. Podemos estudiar qué sucede cuando alguien contempla el color rojo, identificar actividad asociada a esa percepción y medir sus señales. Pero describir esos procesos no explica todavía por qué existe la experiencia de estar viendo rojo. Es el viejo problema de la conciencia, ahora rodeado de resonancias magnéticas, electrodos y modelos computacionales.
Y en medio de esa búsqueda ha aparecido un compañero inesperado: la inteligencia artificial. Estamos construyendo sistemas capaces de utilizar el lenguaje, reconocer imágenes y resolver problemas mientras seguimos intentando averiguar cómo realiza algunas de esas tareas el órgano que los ha construido. Quizá la IA nos ayude a comprender mejor el cerebro. Quizá el cerebro nos obligue a preguntarnos qué significa realmente la inteligencia.
Hemos utilizado ese mismo órgano para descubrir las leyes de la naturaleza, imaginar átomos que nadie podía ver, formular la relatividad, llegar a la Luna y construir telescopios capaces de observar galaxias nacidas hace miles de millones de años. Ahora estamos dirigiendo parte de esa capacidad hacia el lugar del que surgió.
Y el reto ya no consiste únicamente en descubrir cómo funciona. A medida que aprendamos a observar el cerebro, interpretarlo e intervenir sobre él, tendremos que decidir también qué queremos hacer con ese conocimiento. La neurociencia dejará entonces de plantearnos solamente preguntas científicas para enfrentarnos a algunas de las más antiguas: qué significa pensar, qué significa ser conscientes, cuánto podemos cambiar sin dejar de reconocernos y, en último término, qué significa ser humanos.
Durante miles de años utilizamos el cerebro para intentar comprender la materia, la vida y el universo. Ahora la materia que aprendió a pensar ha comenzado a investigarse a sí misma.
Puede que esa sea nuestra próxima gran frontera.
