Saltar al contenido

La ciclogénesis de las palabras

Intercambio de ideas

Menú
  • Inicio
  • Sobre el autor
  • Microrrelatos
    • Introducción
    • Ver todos
  • Mi cuenta
  • Tienda
  • Contacto
Menú

EL VÉRTIGO A LO DESCONOCIDO

Publicada el 4 de junio de 20264 de junio de 2026 por José Ramón Entenza

O del miedo, la incertidumbre y la extraña emoción de empezar algo nuevo

Hay un instante extraño que aparece justo antes de cada gran cambio. No sucede cuando todo empieza, sino un poco antes, en ese momento silencioso en el que todavía podríamos quedarnos donde estamos. Es ahí donde aparece el vértigo: no tanto el miedo concreto a algo identificable, sino la sensación de que, si avanzamos, algo en nosotros dejará de ser exactamente igual.

Durante mucho tiempo hemos interpretado el miedo como una señal de peligro. Y a veces lo es. Pero otras veces simplemente aparece porque estamos abandonando una versión conocida de nosotros mismos. Kierkegaard hablaba del “vértigo de la libertad”, esa sensación que nace cuando comprendemos que realmente podemos elegir, cambiar de rumbo, saltar hacia otra vida. No tememos solo caer; también tememos descubrir hasta dónde podríamos llegar si de verdad nos atreviéramos.

Quizá por eso los cambios importantes nunca vienen acompañados únicamente de ilusión. Llegan mezclados con incertidumbre, nostalgia, adrenalina y una especie de duelo silencioso por lo que dejamos atrás. Porque incluso las etapas que ya no nos hacen felices tienen algo tranquilizador: son conocidas. Y lo conocido, aunque nos limite o nos apague lentamente, ofrece refugio.

Existe cierta comodidad en las rutinas previsibles, incluso cuando han dejado de emocionarnos. Los seres humanos desarrollamos una extraña capacidad para acostumbrarnos a casi todo: a trabajos que ya no nos desafían, a relaciones que funcionan por inercia, a versiones reducidas de nosotros mismos. No porque seamos cobardes, sino porque la estabilidad tiene un enorme poder sedante. Nos protege de la incertidumbre, aunque a veces también nos aleje lentamente de aquello que nos hacía sentir vivos.

Tal vez crecer consista precisamente en reconocer ese momento: el instante exacto en el que permanecer inmóvil empieza a doler más que avanzar. Eso no significa que desaparezca el miedo. Quien inicia algo nuevo sin vértigo probablemente no comprende del todo la magnitud de lo que está haciendo. Lo valiente no es dejar de sentir miedo, sino aprender a caminar con él sin permitir que decida por nosotros.

A menudo imaginamos el cambio como una decisión racional y perfectamente estructurada. Pero la mayoría de las veces no funciona así. Los grandes giros de la vida suelen empezar con una intuición difícil de explicar. Algo pequeño se mueve dentro de nosotros antes de que aparezcan las palabras. Una sensación persistente de que hemos llegado al límite de una etapa. De que seguir igual empieza a parecer más inquietante que cambiar.

Y quizá ahí aparece una de las contradicciones más humanas: deseamos crecer, pero al mismo tiempo queremos conservar intacta la sensación de seguridad. Queremos transformación sin incertidumbre, aventura sin riesgo, evolución sin pérdida. Sin embargo, casi todo lo importante exige atravesar un territorio donde todavía no sabemos quién seremos.

La literatura y la filosofía están llenas de personajes y autores que orbitan alrededor de esta idea. La Odisea no trata solo del regreso de Ulises a Ítaca, sino de todo aquello que uno deja de ser durante el viaje. Tolkien escribió que “no todos los que vagan están perdidos”, recordándonos que hay búsquedas que solo pueden hacerse lejos de la seguridad. Y Camus, desde una mirada más existencialista, afirmaba que “en medio del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible”. Todos hablan, en el fondo, de transformación.

También Hermann Hesse exploró esa tensión constante entre estabilidad y descubrimiento. En Siddhartha, el viaje no es únicamente geográfico o espiritual; es una renuncia continua a las identidades anteriores. Cada etapa obliga al protagonista a abandonar una certeza para acercarse a otra comprensión de sí mismo. Hablamos de un autor que durante toda su obre y su vida, vivió ese vértigo permanente de lo nuevo, del cambio, en su caso, en el contexto de una búsqueda vital y permanente.

Quizá por eso tantos cambios importantes se sienten, en parte, como pequeñas muertes simbólicas: dejamos atrás formas de pensar, prioridades, vínculos o expectativas que durante años definieron quiénes éramos. Porque la aventura rara vez tiene la forma épica que imaginamos. A veces consiste simplemente en tomar una decisión incómoda: empezar un proyecto, cambiar de ciudad, cerrar una etapa o admitir que algo ya no encaja. Lo curioso es que solemos esperar sentir certeza antes de movernos, cuando en realidad la certeza casi nunca llega primero. Primero aparece la intuición; después el miedo; y mucho más tarde, si seguimos avanzando, llega la claridad.

Nietzsche escribió: “Debes tener caos dentro de ti para dar a luz una estrella danzante”. Siempre me ha parecido una idea profundamente humana porque los cambios verdaderos desordenan rutinas, identidades y planes. Nos obligan a revisar nuestras prioridades y a descubrir qué partes de nosotros eran auténticas y cuáles simplemente cómodas. Sin embargo, también despiertan algo que la comodidad prolongada termina anestesiando: la sensación de estar realmente vivos.

Quizá por eso muchas personas recuerdan con intensidad las etapas más inciertas de su vida. No porque fueran fáciles, sino porque había algo en juego. Porque cada decisión importaba. Porque dejaron de vivir en piloto automático.

Hay una energía especial en los comienzos. Una mezcla de vulnerabilidad y posibilidad que rara vez aparece cuando todo está completamente bajo control. Tal vez por eso las experiencias que más nos transforman suelen empezar con cierta incomodidad. No porque el sufrimiento sea necesario, sino porque crecer implica inevitablemente atravesar espacios desconocidos.

Nunca tendremos todas las respuestas antes de empezar. Nunca desaparecerán del todo las dudas ni existirá el momento perfecto. A veces simplemente llega el instante en el que entendemos que debemos avanzar incluso sin garantías, aceptando que el miedo y la ilusión no son opuestos. De hecho, casi siempre viajan juntos.

Y quizá esa sea la gran paradoja del cambio: aquello que inicialmente nos produce vértigo termina convirtiéndose, muchas veces, en el lugar donde más vivos nos hemos sentido.

Tal vez la madurez no consista en eliminar la incertidumbre, sino en desarrollar una relación distinta con ella. Entender que la vida no siempre pide certezas; a veces solo pide el coraje suficiente para dar el siguiente paso.

Aunque todavía no podamos ver el resto del camino.

Navegación de entradas

← LA NECESIDAD DE RENACER

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Sobre el autor

Soy José Ramón Entenza, natural de Marín, en Pontevedra, Licenciado en Ciencias Físicas, Graduado en Farmacia y Licenciado en Derecho. He cursado estudios de doctorado en Inteligencia Artificial, y he publicado artículos de divulgación científica en diversas revistas especializadas y realizado numerosas ponencias internacionales de carácter científico... [leer más]

Sígueme

Boletín

Introduce tu correo electrónico para recibir nuestro boletín

Últimas entradas

  • EL VÉRTIGO A LO DESCONOCIDO
  • LA NECESIDAD DE RENACER
  • PÁRATE MUNDO, QUE YO ME BAJO
  • SER COHERENTE, O CAMBIAR
  • EL PERFECCIONISMO: ESE DRAGÓN SILENCIOSO

Enlaces rápidos

  • Sobre el autor
  • Boletín
  • Contacto
  • Aviso legal
  • Política de privacidad

Últimas entradas

  • EL VÉRTIGO A LO DESCONOCIDO
  • LA NECESIDAD DE RENACER
  • PÁRATE MUNDO, QUE YO ME BAJO
  • SER COHERENTE, O CAMBIAR
  • EL PERFECCIONISMO: ESE DRAGÓN SILENCIOSO
  • Facebook
  • X
  • YouTube
© 2026 La ciclogénesis de las palabras | Funciona con Minimalist Blog Tema para WordPress