O la necesidad de la inmensidad
Hay silencios que no resultan incómodos. Al contrario, parecen imponerse con una naturalidad que nadie se atreve a romper. Sucede frente al océano cuando el horizonte se pierde en la distancia, al contemplar una cordillera que se extiende hasta donde alcanza la vista o al levantar la mirada en una noche limpia, lejos de las ciudades, cuando la Vía Láctea reaparece como una cicatriz luminosa sobre el cielo. En esos momentos dejamos de hablar sin que nadie nos lo pida. Incluso los niños, tan proclives a llenar de preguntas cualquier experiencia nueva, guardan a veces un silencio inesperado. Como si comprendieran, antes incluso de poder explicarlo, que hay realidades cuya grandeza no necesita palabras.
Siempre me ha llamado la atención esa reacción. No importa la edad, la cultura o el lugar del mundo. Cambian los paisajes, pero la emoción parece repetirse con una sorprendente fidelidad. Algunos la buscan en la cima de una montaña; otros, navegando mar adentro, recorriendo un bosque, descendiendo a una cueva o simplemente sentándose frente al mar. Las experiencias son distintas, pero todas comparten un mismo desenlace: durante unos instantes dejamos de sentirnos el centro del mundo.
¿Por qué ocurre?
La respuesta más inmediata suele ser la belleza del paisaje. Sin embargo, esa explicación resulta insuficiente. También hay belleza en un museo, en una catedral o en una sinfonía y, aunque esas experiencias nos conmuevan profundamente, pocas veces provocan esa extraña sensación de ocupar un lugar diminuto dentro de algo inmensamente mayor.
Quizá la respuesta haya que buscarla mucho más atrás. Muchísimo más atrás.
Durante casi trescientos mil años, el techo de la humanidad fueron las estrellas. Antes de las ciudades, de las carreteras, de la electricidad o de los satélites, cada ser humano que alguna vez existió terminó el día bajo ese mismo cielo. Nuestros antepasados nacieron, amaron, criaron a sus hijos, lloraron a sus muertos y aprendieron a orientarse contemplando la Luna, las constelaciones y el lento transcurrir de las estaciones. Durante cientos de miles de años, el horizonte fue su casa y la inmensidad, su paisaje cotidiano.
Solo hace un instante, si lo medimos con la escala de la evolución, comenzamos a vivir rodeados de paredes. Cambiamos el cielo por los techos, el horizonte por las fachadas y la oscuridad de la noche por un resplandor que apenas nos deja ver unas pocas estrellas. Sin darnos cuenta, construimos un mundo hecho exactamente a nuestra medida.
Quizá por eso seguimos escapando de él de vez en cuando. No porque rechacemos la civilización, sino porque una parte muy antigua de nosotros todavía recuerda otra forma de habitar el mundo.
La psicología ha comenzado a estudiar esa emoción y la ha bautizado con una palabra inglesa: awe. No existe una traducción perfecta. Es una mezcla de admiración, sobrecogimiento y fascinación que aparece cuando nos enfrentamos a algo tan vasto que obliga a nuestra mente a reorganizar su manera de comprender la realidad. Curiosamente, numerosos estudios muestran que, durante esos instantes, disminuye la importancia que concedemos a nuestro propio yo. Nuestras preocupaciones no desaparecen, pero recuperan una proporción más cercana a la realidad.
Quizá esa sea la razón de que tantos escritores hayan sentido la necesidad de regresar una y otra vez a la naturaleza. Thoreau se retiró a Walden para descubrir qué era verdaderamente esencial. Saint-Exupéry encontró en el desierto un lugar donde el silencio hablaba con más claridad que las palabras. Carl Sagan contempló nuestro planeta convertido en un diminuto punto azul suspendido en la inmensidad del cosmos y comprendió que toda la historia humana cabía en una mota de polvo iluminada por un rayo de Sol. Ninguno de ellos escribía exactamente sobre montañas, bosques o estrellas. Escribían sobre la humildad que nace cuando comprendemos nuestra verdadera escala.
Y quizá esa sea una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. Vivimos rodeados de herramientas que multiplican nuestras capacidades. Somos capaces de volar, de comunicarnos instantáneamente con cualquier lugar del planeta, de explorar Marte o de observar galaxias situadas a millones de años luz. Nunca habíamos sido tan poderosos y, sin embargo, nunca habíamos pasado tanto tiempo encerrados en espacios construidos exclusivamente para nosotros. Habitamos ciudades donde la noche apenas existe, donde el horizonte termina en la siguiente manzana y donde el cielo se ha convertido en un pequeño rectángulo entre edificios.
Tal vez por eso buscamos la inmensidad con tanto empeño. No para conquistarla, sino para recordar que existe algo infinitamente mayor que nosotros. Frente al océano dejamos de medir el tiempo por reuniones. Frente a una montaña olvidamos durante un instante la urgencia de los correos electrónicos. Bajo un cielo estrellado comprendemos que nuestras preocupaciones, por legítimas que sean, forman parte de una historia mucho más amplia que comenzó mucho antes de nuestro nacimiento y continuará cuando ya no estemos.
Resulta curioso que llamemos «escapada» a esos momentos. En realidad, quizá ocurra exactamente lo contrario. No escapamos de la realidad; escapamos de una versión reducida de ella. La naturaleza no nos hace más pequeños. Nos devuelve a nuestro tamaño verdadero.
Y quizá ese sea el auténtico privilegio de sentirse pequeño. Descubrir que nuestra vida no pierde valor porque el universo sea inmenso. Al contrario. Igual que una nota no deja de ser hermosa porque forme parte de una sinfonía, cada existencia adquiere un significado distinto cuando deja de contemplarse aislada y empieza a reconocerse como parte de una historia infinitamente mayor.
Después de casi trescientos mil años caminando bajo el mismo cielo, tal vez no seguimos buscando las montañas, el mar o las estrellas porque necesitemos alejarnos del mundo que hemos construido. Quizá regresamos a ellas porque, en el fondo, todavía seguimos buscando el lugar donde comenzó nuestra historia.
