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EL PERFECCIONISMO: ESE DRAGÓN SILENCIOSO

Publicada el 7 de mayo de 202630 de abril de 2026 por José Ramón Entenza

O de la exigencia que bloquea

Hay una idea que se instala muy pronto en nuestra forma de hacer las cosas: si merece la pena, debe hacerse bien. No de cualquier manera, no a medias, no con descuido. Bien. Esa exigencia, en su origen, tiene algo profundamente valioso. Nos empuja a mejorar, a cuidar los detalles, a no conformarnos con lo primero que sale. Durante mucho tiempo, esa forma de entender el trabajo —sea creativo, intelectual o cotidiano— resulta útil. Nos enseña a sostener el esfuerzo, a repetir, a corregir, a entender que entre lo que imaginamos y lo que hacemos hay una distancia que solo se reduce con dedicación.

Pero en algún punto, casi sin darnos cuenta, esa exigencia puede cambiar de naturaleza. Deja de ser un impulso que acompaña el proceso y se convierte en una condición previa. Ya no se trata de hacer algo lo mejor posible, sino de hacerlo solo si puede hacerse bien. Y ese matiz, aparentemente pequeño, introduce una diferencia profunda. Porque lo que antes nos movía a avanzar, empieza a frenarnos. El perfeccionismo tiene una cualidad engañosa: se presenta como una forma de exigencia, pero en realidad suele esconder una forma de resistencia. No tanto a la dificultad, sino a la imperfección. No buscamos simplemente hacer las cosas bien; buscamos evitar que salgan mal. Y en ese desplazamiento, el foco deja de estar en el hacer y pasa a estar en el resultado ideal.

Eso tiene consecuencias. A veces se manifiesta en la dificultad para terminar algo, siempre hay un ajuste más, una revisión pendiente, una sensación de que aún no está. Otras veces aparece antes incluso de empezar: la idea de que no se hará como debería hacerse se convierte en motivo suficiente para posponerlo indefinidamente. Entre ambos extremos —lo que no se termina y lo que no se empieza— se pierde una parte importante de la experiencia. No porque falte capacidad, sino porque el criterio se ha vuelto inalcanzable. Sin embargo, sería un error entender el perfeccionismo únicamente como un problema. Buena parte de lo que valoramos en el arte, en la literatura o en la música ha sido posible gracias a una exigencia extrema. Ludwig van Beethoven revisaba sus composiciones una y otra vez, buscando una forma que estuviera a la altura de lo que imaginaba, y Gustave Flaubert dedicaba jornadas enteras a encontrar una frase que considerara justa. En ambos casos, esa tensión entre lo que es y lo que debería ser fue una fuente de profundidad, no un obstáculo.

El problema no está, por tanto, en querer hacerlo bien, sino en no aceptar que lo que hacemos nunca coincide del todo con lo que imaginamos. Esa distancia es inevitable. Forma parte del proceso creativo, del aprendizaje, incluso de las acciones más simples. Pero el perfeccionismo tiende a interpretarla como un fallo, no como una condición. Y al hacerlo, introduce una exigencia que no puede cumplirse, porque lo perfecto, en sentido estricto, no existe en la práctica. Existe como idea, como referencia, como dirección. Pero cuando se convierte en requisito, paraliza.

Detrás de esa dinámica suele haber algo más profundo que la simple búsqueda de calidad. Hay una relación particular con el error, una dificultad para aceptar que equivocarse forma parte del proceso, que hacer algo imperfecto no invalida su valor, que lo que se produce no tiene que ser definitivo para ser legítimo. En ese sentido, el perfeccionismo no siempre es una expresión de ambición; a veces es una forma de protección. Si no empiezo, no me equivoco; si no termino, no me expongo; si no comparto, no soy juzgado. Esa lógica no suele formularse de manera consciente, pero actúa de fondo. Y poco a poco, sin que resulte evidente, reduce el espacio de acción. Las ideas se quedan en proyecto, los intentos en intención, lo posible en imaginado. Y con ello se pierde algo más que resultados: se pierde la experiencia misma de hacer.

Porque hacer implica necesariamente atravesar fases imperfectas. Implica equivocarse, ajustar, corregir, producir algo que en muchos casos no estará a la altura de la idea inicial. Pero es precisamente en ese proceso donde ocurre lo esencial. No al final, no en la versión ideal, sino en el recorrido. Por eso, quizá, la cuestión no sea abandonar la exigencia, sino transformarla. Pasar de una exigencia rígida, centrada en el resultado, a una exigencia más flexible, orientada al proceso. No dejar de querer hacer las cosas bien, pero sí dejar de exigir que sean perfectas para que merezcan ser hechas.

Ese cambio es sutil, pero decisivo. Permite empezar antes, terminar con más frecuencia, compartir sin la sensación de que todo debe estar cerrado. Introduce un margen de tolerancia que no elimina la calidad, pero sí la hace posible. Porque, en el fondo, lo que permite mejorar no es la perfección, sino la repetición. Hacer, revisar, volver a hacer. Ajustar sin bloquear. Avanzar sin necesidad de resolverlo todo en un solo intento. Esa forma de trabajar —más cercana, más imperfecta— es la que, a largo plazo, genera resultados más sólidos y, al mismo tiempo, una relación más saludable con lo que se hace.

Quizá por eso, con el tiempo, algunas personas dejan de intentar hacerlo todo perfecto y empiezan a hacerlo más real. No porque hayan perdido exigencia, sino porque han entendido que la perfección no es un punto de llegada, sino una referencia que orienta sin imponer. En ese cambio hay algo que se libera: la posibilidad de hacer sin la presión de acertar siempre, la posibilidad de equivocarse sin que eso invalide el intento, la posibilidad de terminar algo sin sentir que podría haber sido siempre mejor. Y en esa posibilidad aparece algo que el perfeccionismo, en su forma más rígida, tiende a ocultar: el valor de lo imperfecto. No como resignación, sino como condición de lo real.

Porque, al final, lo que existe no es lo perfecto, sino lo que se hace. Y tal vez no se trate de dejar de buscar hacer las cosas bien, sino de dejar de exigir que sean perfectas para que merezcan existir.

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Sobre el autor

Soy José Ramón Entenza, natural de Marín, en Pontevedra, Licenciado en Ciencias Físicas, Graduado en Farmacia y Licenciado en Derecho. He cursado estudios de doctorado en Inteligencia Artificial, y he publicado artículos de divulgación científica en diversas revistas especializadas y realizado numerosas ponencias internacionales de carácter científico... [leer más]

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