Saltar al contenido

La ciclogénesis de las palabras

Intercambio de ideas

Menú
  • Inicio
  • Sobre el autor
  • Microrrelatos
    • Introducción
    • Ver todos
  • Mi cuenta
  • Tienda
  • Contacto
Menú

LA ÚLTIMA VEZ QUE NO SUPIMOS QUE ERA LA ÚLTIMA

Publicada el 6 de agosto de 20266 de agosto de 2026 por José Ramón Entenza

O las despedidas que la vida no anuncia

Tenemos una especial predilección por las primeras veces. Las esperamos, las celebramos y procuramos conservarlas. Recordamos el primer día de colegio, el primer viaje sin nuestros padres, el primer beso, la primera casa o los primeros pasos de un hijo. Algunas quedan registradas en fotografías que muchos años después nos devuelven no solo aquel instante, sino también a las personas que éramos cuando ocurrió.

Con las últimas veces sucede algo muy diferente. Rara vez sabemos que están ocurriendo.

Un día un padre toma a su hijo en brazos para llevarlo hasta la cama y, sin sospecharlo, esa será la última vez que lo haga. No ocurre nada extraordinario, no hay despedidas ni fotografías. Quizá unas noches después el niño decida ir solo hasta su habitación o simplemente haya crecido demasiado para continuar con aquella costumbre. La vida sigue adelante y nadie advierte que un gesto repetido cientos de veces acaba de desaparecer para siempre.

Algo parecido sucede con la infancia. Resultaría imposible determinar cuál fue la última tarde en que salimos a jugar como niños. Seguramente volvimos a casa convencidos de que, al día siguiente, o a la semana siguiente, todo se repetiría. Después llegaron otras aficiones, otros amigos, otras obligaciones y aquel grupo nunca volvió a reunirse exactamente de la misma manera. Solo muchos años después comprendemos que existió una tarde concreta, perdida entre cientos de tardes aparentemente iguales, en la que una parte de nuestra vida terminó sin molestarse en avisarnos.

Quizá sea esa una de las peculiaridades más desconcertantes del tiempo: algunos finales solo pueden reconocerse cuando ya estamos demasiado lejos de ellos.

No ocurre únicamente durante la infancia. Hay una última comida alrededor de una mesa familiar tal como la recordamos, una última noche en una casa antes de abandonarla, un último verano en el que coincide un determinado grupo de amigos, una última conversación trivial con alguien con quien quizá volvamos a hablar, pero nunca de aquella misma manera. Incluso existen lugares a los que regresamos durante años hasta que, por alguna razón entonces irrelevante, dejamos de hacerlo. Nunca pensamos que será la última vez. Cerramos una puerta con la tranquilidad de quien cree que siempre podrá volver a abrirla. Y probablemente sea mejor así.

Si conociéramos de antemano todas nuestras últimas veces, la vida adquiriría una solemnidad difícil de soportar. Imaginemos aquella última tarde de juegos sabiendo que ninguna otra vendría después, el último baño de un verano observado minuto a minuto o una conversación cotidiana sometida al peso de saber que cada palabra será definitiva. Tal vez perderíamos precisamente aquello que hizo valiosos esos momentos: su naturalidad, la despreocupación con la que pudimos vivirlos porque confiábamos en que habría muchos más.

Nuestra ignorancia nos protege de convertir la existencia en una despedida permanente. Pero también plantea una pregunta incómoda: si sabemos que muchas de las cosas que hoy consideramos habituales tendrán una última vez, aunque ignoremos cuándo llegará, ¿deberíamos vivirlas de otra manera?

La respuesta fácil sería invocar el carpe diem, vivir cada instante como si fuese el último. Sin embargo, resulta difícil imaginar una existencia sometida permanentemente a semejante intensidad. Necesitamos la rutina y la confianza en que habrá un mañana. Parte de nuestra serenidad procede precisamente de asumir que volveremos a encontrarnos con las mismas personas, recorreremos las mismas calles y repetiremos muchos de los pequeños gestos que componen nuestros días.

Quizá no se trate, por tanto, de vivir cada momento como si fuera el último, sino de no vivirlo siempre como si fuera a repetirse eternamente.

La diferencia es importante. No exige convertir un desayuno familiar en una celebración ni detenernos a contemplar cada gesto cotidiano con una trascendencia impostada. Exige algo mucho más sencillo y, paradójicamente, mucho más difícil: estar presentes. Escuchar de verdad alguna conversación, detenernos alguna vez ante un paisaje que la costumbre ha vuelto invisible, disfrutar de una reunión sin pensar continuamente en lo que haremos después. Tal vez la conciencia de que las cosas terminan no deba servir para entristecer el presente, sino para hacerlo más visible.

Además, no todas las últimas veces deberían causarnos tristeza. Algunas existen precisamente porque la vida avanza. Hay una última vez en que un niño necesita nuestra mano para cruzar una calle, una última noche en que pide que le leamos un cuento, un último día en que necesita ayuda para vestirse. Querer evitar esas despedidas significaría desear que nunca creciera. Del mismo modo, abandonamos casas porque comenzamos otras vidas, dejamos atrás determinadas rutinas porque aparecen nuevos intereses y perdemos algunas costumbres porque hemos adquirido otras.

Hay pérdidas que solo ocurren porque algo bueno está sucediendo.

Quizá por eso la nostalgia sea una emoción tan compleja. Cuando recordamos determinados momentos no siempre deseamos recuperar realmente aquella vida. Pocos querríamos regresar a los diez, veinte o treinta años a cambio de renunciar a todo cuanto ocurrió después. Lo que algunas veces desearíamos es algo mucho más imposible: regresar durante unos minutos sabiendo lo que ahora sabemos. Volver a aquella tarde, entrar de nuevo en aquella casa, escuchar una conversación que entonces nos pareció intrascendente o sentarnos alrededor de una mesa que creíamos que permanecería siempre igual. No para quedarnos allí, sino simplemente para prestar más atención.

Tal vez sea esa la pequeña trampa que nos tiende el tiempo. Las grandes ocasiones suelen avisarnos de su importancia y acudimos a ellas preparados para recordarlas. Buena parte de la vida, en cambio, sucede en momentos aparentemente insignificantes que apenas merecen nuestra atención porque confiamos en que volverán. Algunos se repetirán cientos de veces; otros, sin que podamos saberlo, quizá estén ocurriendo hoy por última vez.

No necesitamos conocer cuáles. Quizá baste con recordar, de vez en cuando, que existen.

Navegación de entradas

← EL PRIVILEGIO DE SENTIRSE PEQUEÑO

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Sobre el autor

Soy José Ramón Entenza, natural de Marín, en Pontevedra, Licenciado en Ciencias Físicas, Graduado en Farmacia y Licenciado en Derecho. He cursado estudios de doctorado en Inteligencia Artificial, y he publicado artículos de divulgación científica en diversas revistas especializadas y realizado numerosas ponencias internacionales de carácter científico... [leer más]

Sígueme

Boletín

Introduce tu correo electrónico para recibir nuestro boletín

Últimas entradas

  • LA ÚLTIMA VEZ QUE NO SUPIMOS QUE ERA LA ÚLTIMA
  • EL PRIVILEGIO DE SENTIRSE PEQUEÑO
  • EL VALOR DE VOLVER
  • PERSONAS QUE SOSTIENEN EL MUNDO
  • EL BARBECHO DE LA MENTE

Enlaces rápidos

  • Sobre el autor
  • Boletín
  • Contacto
  • Aviso legal
  • Política de privacidad

Últimas entradas

  • LA ÚLTIMA VEZ QUE NO SUPIMOS QUE ERA LA ÚLTIMA
  • EL PRIVILEGIO DE SENTIRSE PEQUEÑO
  • EL VALOR DE VOLVER
  • PERSONAS QUE SOSTIENEN EL MUNDO
  • EL BARBECHO DE LA MENTE
  • Facebook
  • X
  • YouTube
© 2026 La ciclogénesis de las palabras | Funciona con Minimalist Blog Tema para WordPress