O ponerle nombre a un sueño
Siempre había escuchado decir que los deseos de las personas sobre las cosas que querían hacer antes de abandonar este mundo se resumían en tres hitos por cumplir: plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Y no necesariamente por este orden.
Esto nos lleva a una conclusión sencilla: nuestro deseo atávico de perdurar, de dejar huella. Podemos ver al árbol como un legado, como nuestra aportación al planeta que nos acoge, como algo menos efímero que nosotros mismos, que echará raíces y crecerá aferrado a la tierra. El libro podría ser la huella de nuestro pensamiento, la manera de mantener nuestra voz sonando cuando ya nos hayamos ido, de dejar una prueba específica y concreta de nuestro paso por la vida. Y el hijo, sin duda es la continuidad, dejar un relevo que mantenga nuestro eco sobre el mundo durante generaciones.
Pero, al margen de los significados, me pregunto por qué necesitamos hacer una lista de cosas por hacer. El motivo lógico es para no olvidarnos de qué cosas estamos obligados a realizar, pero claro, no se trata de una lista de la compra o de una relación de tareas para el fin de semana, hablamos de algo mucho más existencial, de un deseo profundo, de un anhelo, sabiendo que la vida no se resume ni se plasma en un papel, que va mucho más allá. Pero el miedo a no dejar rastro nos puede, nos horroriza haber pasado por la vida sin que hayamos dejado huella, una aportación, un mundo mejor del que recibimos al llegar.
Sería muy fácil desmontar esta idea de la perdurabilidad contrarrestando lo que nos parece idealizar un sueño, ante la realidad de lo cotidiano. Dejamos huella en lo que nos rodea, en las personas con las que tenemos contacto, con las que compartimos vida. Nuestra amabilidad, nuestro carácter, el amor, la compasión, la generosidad, ya hacen un mundo mejor que el que nos dieron nuestros predecesores. Ergo, no necesitamos grandes proezas. En la sencillez está la huella.
Pero los deseos son como el pensamiento, son ideas, promesas o deudas para con nosotros mismos. Es cierto, podemos ver esta lista de cosas por hacer como premios, como disfrutes. Y este enfoque nos conduce a lo rico, variado y hermoso que es nuestro planeta. Si vemos los deseos que manifiestan las personas en esta época, para hacer, ver o sentir antes de irse, nos encontramos con sueños como ver una aurora boreal, volar por ti mismo, ver un atardecer desde la orilla de una isla griega, conocer las luces de Hong Kong o Tokio, enamorarte de verdad una sola vez, aprender a pintar o a tocar un instrumento musical, escuchar en silencio la vida pasar, ver las pirámides de Egipto, conocer Japón en primavera, cruzar un continente, vivir el Holi en la India, el famoso festival del renacimiento de las cosas, de los colores, del amor, escuchar mis pasos en un templo milenario vacío…
U otras más sencillas: abrazar a alguien al que creías perdido, viajar sin mapa para descubrir lo que no se sabe, pasar una noche entera conversando con un amigo o con un amor, dormir bajo las estrellas, secar la lágrima que recorre la mejilla de una persona anciana e iluminar su mirada, reconciliarse con alguien, decir te amo sintiendo un estremecimiento…
Quizá escribimos la lista para creer que todavía hay tiempo, que la vida es una promesa extendida en futuros posibles. Cada punto tachado nos da la ilusión de avance, como si vivir fuese un itinerario con destinos fijos. Pero la vida no funciona así. No es un mapa, sino una deriva. Uno puede viajar por el mundo y seguir perdido, plantar árboles y no echar raíces, escribir libros y no habitar ninguna palabra. La lista de deseos revela menos lo que anhelamos que lo que tememos perder: el asombro, la intensidad, la sensación de estar realmente aquí.
Otra realidad es el hecho de que nuestros deseos y nuestros sueños son inagotables. Cuando hayamos completado una lista, inmediatamente surgirá otra y otra y otra más. Es humano. Cada experiencia nos transforma, nos abre varias nuevas puertas, nos enseña cosas de las que no sabíamos la existencia.
En nuestro tiempo, se buscan las experiencias auténticas, pero fallamos cuando queremos registrarlas en fotografías que mostrar en redes, las convertimos en checklists de felicidad, que no son reales, ya que no nos dan la felicidad. Viajar no siempre necesita movimiento, se puede hacer permaneciendo quieto.
Hubo un tiempo en que el hombre ansiaba descubrir el mundo, y hoy queremos grabarlo, fotografiarlo. Es curiosa la enorme diferencia de ambas tareas, aunque la segunda quizás sea un reflejo de la primera. Pero, por qué dejarlo registrado más allá de nuestras pupilas o de nuestra alma.
En la literatura, la primera lista de deseos conocida nos la trae Mesopotamia con La Epopeya de Gigamesh, la búsqueda de la inmortalidad, el primer relato de lo que uno quiere hacer antes de morir. A partir de ella, un gran abanico de historias de las que podríamos hablar muchísimo y que lamento resumir: En la antigüedad, la idea de la trascendencia, con la Odisea y el deseo de regreso a la paz del hogar y la familia, Los doce trabajos de Hércules o la redención a través de sus pruebas. En la edad media, recorrer el camino del alma, con Dante a la cabeza, El Peregrino como deseo de transformación. En el renacimiento, las exploraciones, el deseo de descubrir de Marco Polo o la reinvención en soledad de Robinson Crusoe. En el romanticismo, Goethe, Byron, Victor Hugo, Whitman, Thoreau y tantos otros sobre la necesidad de vivir intensamente, regresar a la naturaleza y a la libertad. En el siglo XX, Ana Frank, Camus, Coelho o Mitch Albom transformaron la lista en un inventario del alma, un intento de descifrar cuáles de entre todas las cosas valen realmente la pena. Y en nuestro siglo, poco más que añadir a lo que ya hemos dicho, las listas virales y la conversión de deseos en desafíos.
Al final, la literatura —como la vida— siempre vuelve al mismo punto: lo que deseamos hacer antes de morir es solo otra forma de decir cómo queremos vivir.
El mejor ítem que yo he encontrado es: no olvidar que estamos vivos y que la vida es un regalo, un bien precioso. Esto, pretencioso y difuso, encierra más reflexión de lo que pueda parecer, aunque un soñador como yo no dejará de alentarte a cumplir todos tus sueños, hasta el más pequeño de ellos.

En el clavo: «Al final, la literatura —como la vida— siempre vuelve al mismo punto: lo que deseamos hacer antes de morir es solo otra forma de decir cómo queremos vivir».
Perfetto. Nada que se pueda añadir.
Un buen comentario. Coincido totalmente. Muchas gracias.