O de la curiosidad como equipaje
Viajar tiene una curiosa virtud. Nos aleja unos días de nuestras rutinas, cambia nuestros paisajes y altera nuestros horarios, pero, sobre todo, nos convierte en observadores. Quizá sea esa la verdadera riqueza de cualquier viaje. No los lugares que visitamos, sino la oportunidad de contemplar la condición humana desde una perspectiva diferente.
En pocos días coinciden ante nuestros ojos personas procedentes de decenas de países, idiomas y culturas. Es una especie de laboratorio espontáneo donde desaparecen muchas de las referencias habituales y aflora algo mucho más interesante: las distintas maneras de relacionarnos con los demás.
Antes de viajar resulta fácil caer en la tentación de pensar en términos de nacionalidades. Los italianos son así. Los ingleses son de otra manera. Los alemanes, los franceses, los españoles… Nos gusta clasificar el mundo porque simplifica la realidad. Sin embargo, basta convivir unas horas con personas de cualquier procedencia para comprender que las diferencias más profundas no aparecen entre países, sino entre individuos.
En todas partes encuentro personas abiertas y personas cerradas. Hay quienes sienten una curiosidad casi natural por conocer a quien tienen delante, aunque hable otro idioma o provenga de una cultura completamente distinta. Se acercan, preguntan, escuchan, sonríen y terminan compartiendo una conversación como si se conocieran desde hace años. Otros, en cambio, levantan alrededor de sí una frontera invisible. Viajan miles de kilómetros para permanecer dentro de un pequeño círculo formado exclusivamente por quienes ya conocen. El paisaje cambia; su mundo, no.
Quizá esa sea una de las paradojas más llamativas del turismo moderno. Hay personas que visitan medio planeta sin llegar a salir realmente de casa. Buscan los mismos horarios, la misma comida, el mismo idioma y las mismas conversaciones que dejaron atrás. El país que visitan se convierte casi en un decorado, hermoso sin duda, pero incapaz de transformar su manera de mirar.
Otros viajan de una forma completamente distinta. No buscan únicamente descubrir lugares nuevos, sino exponerse a ideas diferentes. Les interesa comprender cómo viven otras personas, qué costumbres conservan, cómo entienden el tiempo, la familia, el trabajo o el descanso. Descubren que detrás de cada idioma existe una forma particular de interpretar la realidad y que aprender unas pocas palabras en la lengua del lugar no es solo un ejercicio de comunicación, sino también una muestra de respeto.
Siempre me ha parecido que los idiomas poseen algo de mágico. Cada vez que intentamos expresarnos en una lengua distinta, aunque sea de manera imperfecta, ocurre algo curioso. Las distancias se acortan. Las sonrisas aparecen con más facilidad. La conversación deja de ser un intercambio de información para convertirse en un pequeño reconocimiento mutuo. Es una forma sencilla de decir: «Estoy en tu casa y me interesa comprender una parte de tu mundo».
Durante estos días he comprobado también que la amabilidad no entiende de fronteras. Tampoco el egoísmo. Ni la generosidad, ni la indiferencia. He visto personas extraordinariamente educadas y otras incapaces de respetar el entorno que las acoge. He encontrado grupos donde un desconocido es recibido con absoluta naturalidad y otros que parecen levantar barreras invisibles para impedir que nadie cruce el límite de los suyos. Y, curiosamente, esas diferencias aparecen dentro de cualquier nacionalidad. Porque la geografía explica muchas cosas, pero nunca explica del todo a las personas.
Quizá la verdadera frontera no sea la que separa unos países de otros, sino la que distingue a quienes viven con curiosidad de quienes viven encerrados en sus propias certezas.
Michel de Montaigne escribió que viajar sirve para limar nuestros prejuicios. Cuatro siglos después, la observación sigue siendo profundamente actual. Cada conversación inesperada, cada gesto de hospitalidad o cada pequeña diferencia que aprendemos a comprender amplía un poco nuestro propio mundo. No porque renunciemos a nuestra identidad, sino porque descubrimos que existen muchas maneras igualmente valiosas de ser persona.
Con el paso de los años he llegado a pensar que la curiosidad es una de las formas más inteligentes de humildad. Solo quien acepta que todavía tiene algo que aprender permanece verdaderamente abierto a los demás. Y esa actitud, más que cualquier monumento o paisaje, es probablemente el mejor recuerdo que uno puede llevarse de un viaje.
Al final, las vacaciones terminan. Cerramos la maleta, regresamos a casa y recuperamos nuestras rutinas. Pero hay viajes que continúan mucho después del regreso. Son aquellos en los que no solo hemos cambiado de lugar, sino también de perspectiva. Los que nos enseñan que el mundo es inmensamente más complejo y, al mismo tiempo, mucho más cercano de lo que imaginábamos.
Quizá por eso el mejor equipaje nunca sea la ropa que llevamos dentro de una maleta.
Quizá el mejor equipaje sea la curiosidad.
Porque quien viaja con curiosidad nunca vuelve exactamente igual que cuando se fue.
