Saltar al contenido

La ciclogénesis de las palabras

Intercambio de ideas

Menú
  • Inicio
  • Sobre el autor
  • Microrrelatos
    • Introducción
    • Ver todos
  • Mi cuenta
  • Tienda
  • Contacto
Menú

LA VIDA QUE NO SE VE

Publicada el 26 de marzo de 202628 de marzo de 2026 por José Ramón Entenza

O el valor de los hobbies

Hay una parte de la vida que rara vez aparece en los relatos que hacemos de nosotros mismos. No está en el trabajo, ni en los logros, ni siquiera en aquello que mostramos con cierta satisfacción cuando alguien nos pregunta a qué nos dedicamos. Es una dimensión más discreta, casi invisible, que transcurre en los márgenes del tiempo útil. Y, sin embargo, en muchos casos, es ahí donde se encuentra algo esencial. Son las horas dedicadas a lo que no es necesario. A lo que no produce, no optimiza, no escala. A lo que, en apariencia, no sirve para nada.

Durante mucho tiempo, la sociedad ha tendido a organizar la vida en torno a la utilidad. Lo importante es lo que genera resultados, lo que permite avanzar, lo que construye una trayectoria reconocible. Desde esa perspectiva, todo aquello que no encaja en ese esquema queda relegado a un segundo plano: lo accesorio, lo prescindible, lo que se hace “cuando hay tiempo”.

Pero esa forma de entender la vida deja fuera algo fundamental. Porque hay actividades que no están orientadas a ningún fin externo, y precisamente por eso tienen un valor difícil de sustituir. Leer sin objetivo, tocar un instrumento sin aspiración profesional, escribir sin intención de publicar, caminar sin destino concreto. Son formas de hacer que no buscan justificar su existencia más allá del propio acto. En ellas no hay rendimiento, pero sí vivencia.

La tradición filosófica ya intuyó esta diferencia. Aristóteles distinguía entre las actividades que realizamos como medio y aquellas que son un fin en sí mismas. Y más tarde, pensadores como Josef Pieper reivindicaron el ocio como condición necesaria para una vida verdaderamente humana. No como descanso del trabajo, sino como un espacio distinto, donde la persona no está definida por su función.

Sin embargo, en el contexto actual, esa distinción se ha ido difuminando. Incluso el ocio tiende a instrumentalizarse: debe ser productivo, saludable, medible. Se convierte en una extensión más de la lógica de la optimización. Ya no basta con hacer algo por gusto; parece necesario que ese gusto tenga algún tipo de retorno. En ese proceso, algo se pierde: se pierde la posibilidad de hacer algo simplemente porque sí. Porque nos interesa, porque nos calma, porque nos permite explorar una parte de nosotros mismos que no encuentra lugar en otras áreas de la vida.

Las aficiones —los hobbies— ocupan precisamente ese espacio. Son actividades que no responden a una obligación externa, sino a una inclinación interna. No se hacen para demostrar nada, ni para alcanzar una meta concreta, sino porque hay en ellas una forma de satisfacción que no necesita ser explicada.

Y, sin embargo, no son triviales. En muchos casos, los hobbies constituyen uno de los pocos ámbitos donde la persona puede experimentar una relación directa entre esfuerzo y placer. Aprender algo nuevo, mejorar progresivamente, descubrir matices que antes pasaban desapercibidos. Todo ello sin la presión de un resultado externo.

Hay en ese proceso una forma de libertad. No la libertad entendida como ausencia de límites, sino como la posibilidad de elegir en qué invertir la propia atención sin estar condicionado por la necesidad. En un mundo donde gran parte del tiempo está estructurado por exigencias externas, ese espacio adquiere un valor especial.

Además, las aficiones permiten una forma de identidad más silenciosa. No definen lo que somos ante los demás, pero sí lo que somos cuando no hay nadie mirando. Son, en cierto modo, una forma de intimidad. Alguien que toca el piano al final del día, que pinta sin mostrar sus cuadros, que colecciona libros o que dedica tiempo a una actividad manual está construyendo una relación consigo mismo que no depende del reconocimiento. Y esa relación no es menor. De hecho, podría decirse que en esos momentos aparece una versión más auténtica de la persona. No la que busca resultados, sino la que se implica en el proceso.

Esto no significa que los hobbies sean siempre fáciles o relajantes. A menudo implican esfuerzo, repetición, incluso frustración. Pero esa dificultad tiene una cualidad distinta: no está impuesta, sino elegida. Y eso cambia por completo su significado. Elegir una dificultad es muy diferente a soportarla.

En ese sentido, las aficiones también son una forma de aprendizaje. No solo en el contenido concreto de la actividad, sino en la forma de relacionarse con el tiempo, con la atención, con el propio progreso. Permiten desarrollar una paciencia que no siempre tiene cabida en otros ámbitos más acelerados.

Y, quizá de manera más sutil, enseñan algo sobre el valor de lo inútil.

No en el sentido de lo irrelevante, sino en el de aquello que no necesita justificar su existencia. En una cultura orientada a la finalidad, recuperar espacios de gratuidad es casi un acto de resistencia.

A medida que uno avanza en la vida, esta idea puede adquirir una claridad especial. Lo que en otro momento parecía secundario empieza a revelar su verdadero peso. No porque cambien las actividades, sino porque cambia la forma de mirarlas.

Las horas dedicadas a lo que no era urgente, a lo que no generaba resultados inmediatos, aparecen entonces como espacios de equilibrio. Como momentos en los que la vida no estaba orientada hacia algo externo, sino simplemente siendo vivida. Y en ese reconocimiento hay algo profundamente tranquilizador, porque sugiere que no todo depende de grandes decisiones o de trayectorias visibles. Que también en los márgenes, en lo cotidiano, en lo aparentemente menor, se construye una parte esencial de la experiencia.

Quizá por eso, al final, las aficiones no son solo una forma de ocupar el tiempo. Son una forma de habitarlo. Y tal vez lo que más nos define sea aquello a lo que volvemos, una y otra vez, cuando nadie nos lo pide.

Navegación de entradas

← LA OBRA MAESTRA

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Sobre el autor

Soy José Ramón Entenza, natural de Marín, en Pontevedra, Licenciado en Ciencias Físicas, Graduado en Farmacia y Licenciado en Derecho. He cursado estudios de doctorado en Inteligencia Artificial, y he publicado artículos de divulgación científica en diversas revistas especializadas y realizado numerosas ponencias internacionales de carácter científico... [leer más]

Sígueme

Boletín

Introduce tu correo electrónico para recibir nuestro boletín

Últimas entradas

  • LA VIDA QUE NO SE VE
  • LA OBRA MAESTRA
  • MÚSICA: PASIÓN O DEVOCIÓN
  • HUMANIDAD, ¿DE DÓNDE VENIMOS Y A DÓNDE VAMOS?
  • EL DERECHO A CAMBIAR DE OPINIÓN

Enlaces rápidos

  • Sobre el autor
  • Boletín
  • Contacto
  • Aviso legal
  • Política de privacidad

Últimas entradas

  • LA VIDA QUE NO SE VE
  • LA OBRA MAESTRA
  • MÚSICA: PASIÓN O DEVOCIÓN
  • HUMANIDAD, ¿DE DÓNDE VENIMOS Y A DÓNDE VAMOS?
  • EL DERECHO A CAMBIAR DE OPINIÓN
  • Facebook
  • X
  • YouTube
© 2026 La ciclogénesis de las palabras | Funciona con Minimalist Blog Tema para WordPress