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LA CIENCIA DEL ASOMBRO

Publicada el 25 de diciembre de 202520 de diciembre de 2025 por José Ramón Entenza

O la emoción de entender algo nuevo

Estoy leyendo una y otra vez en los lugares de encuentro e intercambio de ideas y palabras escritas, referencias al año que se va y al nuevo que llega. La mayoría hacen mención, con palabras hermosas y llenas de tristeza, a lo insatisfactorio que ha sido el que se marcha, a un año más en que el autor ha perdido la oportunidad de hacer cosas útiles, de avanzar en el camino de la vida, de ser productivo…

Son textos que, para alguien como yo, que deposita toda su fe en el género humano (con las excepciones que supone una minoría poco o nada humana), representan un puñal clavado en el corazón. Por la forma de ver las cosas, por la manera de sentir el avance, por llamar pérdida a algo que estoy seguro que ha aportado cosas, mejores o peores, pero sin duda aprendizajes y experiencias en cualquiera de los casos. Algo que sucede incluso en una persona que se aísla del mundo y se reúne consigo misma durante ese tiempo, reflexiona, piensa, existe.

No es un testimonio, sino muchos, he decidido obviar el tema que todos parecen tener en su mente y, hablar de otra cosa. La repetición empalaga, aburre, deprime incluso. Así que he buscado un tema diametralmente opuesto: cómo entiende o explica la neurociencia una emoción como el asombro, una de las más complejas para la ciencia, que experimentamos cuando nos enfrentamos a algo que nos descubre un fenómeno desconocido que no esperábamos.

La ciencia desmenuza este sentimiento como un desafío para la mente. Te reto a pensar por un momento en trasladar a una Inteligencia Artificial algo tan humano como el asombro. No sabríamos cómo. Y esto es, porque nos resulta confuso y difícil de entender el proceso que nos conduce a experimentarlo.

Podemos intentar dividirlo en pequeños “inputs” como la sensación de pequeñez de uno mismo ante la revelación de algo grande, como un reajuste en nuestras convicciones, como la necesidad de expandir nuestra mente para entender ese nuevo conocimiento, como una necesidad consecuente de hacer sitio para un nuevo concepto, idea o hecho.

He buscado estudios recientes sobre el efecto que el asombro provoca en el cerebro. Curiosamente, coinciden en que ese sentimiento reduce la actividad cerebral asociada al yo, mientras aumenta la parte que va asociada a aspectos relacionados con la sociabilidad y la comunicación. También provoca un pequeño desajuste que nos hace perder momentáneamente la noción temporal, como si el desconcierto nos descolocara respecto a tiempo y espacio. Es como si la emoción tomara el control de nosotros mismos por un breve periodo, lo que es algo sorprendente en cerebros como los que portamos en este momento de la evolución, hiper estimulados, sobrecargados de información y, profundamente orientados hacia el yo.

Quizás nos sea útil una comparativa con otros procesos: el resto de las emociones, aunque sean intensas, no estimulan tanto y, sobre todo, no paralizan como el asombro. El asombro ralentiza nuestro pensamiento, lo detiene, le ordena calmarse, recapacitar y abrirse a una explicación con la que no contaba. Podría decirse que es un proceso natural en el que nuestra mente intenta normalizar una realidad con la que seguir conviviendo, como dato, como descubrimiento o, sencillamente, como un misterio a resolver, no necesariamente por nosotros mismos.

¿Es una emoción en peligro de extinción? Yo creo que sí. Lo que vivimos son impactos inmediatos, estímulos superficiales, exceso de novedades. Y esto hace que los ingredientes del asombro se vayan perdiendo: la profundidad frente a la superficialidad, la atención mantenida frente a la información no trascendente, la originalidad frente a la repetición y el bombardeo de novedades sin orden ni concierto (el exceso de estas mata la sorpresa). Y qué decir de la reflexión que trae consigo el asombro frente a la fugacidad de datos que apenas son procesados por nuestras neuronas.

Te remito a otro artículo que se llama “La curiosidad”, publicado el 2 de enero, estrechamente conectada con este otro sentimiento. El asombro estimula la curiosidad, y ésta nos predispone para una reacción que abre la posibilidad de cambio. Comparando esto con lo efímero de otras sensaciones, hace que el asombro adquiera una dimensión profunda e importante para todos: activa o reactiva nuestra capacidad de pensar, de buscar, de investigar o de descubrir, aparece la necesidad de aprender y el placer de hacer comprensible lo que nos rodea, el universo entero en última instancia.

El asombro nos ha hecho llegar hasta aquí, como seres humanos, en progreso, avance y evolución. No por sí solo, pero si ha sido un factor importante. Debería preocuparnos perder esta emoción.

No lo haremos, por supuesto, pero por favor, estemos atentos. Miremos con atención a las cosas, sin ingenuidad, pero buscando las causas, las leyes que provocan cada fenómeno. Siempre queda algo por comprender y descubrir, y el asombro mantiene vivo nuestra hambre de comprensión, nuestra naturaleza indómita, nuestra curiosidad.

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Sobre el autor

Soy José Ramón Entenza, natural de Marín, en Pontevedra, Licenciado en Ciencias Físicas, Graduado en Farmacia y Licenciado en Derecho. He cursado estudios de doctorado en Inteligencia Artificial, y he publicado artículos de divulgación científica en diversas revistas especializadas y realizado numerosas ponencias internacionales de carácter científico... [leer más]

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