O las huellas que vamos dejando al caminar
Es recurrente en mis relatos de fantasía que el viento, las rocas, el suelo o el agua tengan vida propia. Muchas veces lo centro en las piedras, que para mi tienen una propiedad que otros seres u objetos no tienen: han sido testigo de sucesos, vidas, amores, guerras, alegrías, tristezas… durante siglos. Permanecen, mucho después de que los seres animados que han conocido hayan desaparecido de la faz del planeta. El ejercicio imaginario de poder acceder a esas vivencias, saber de lo que han contemplado, de lo que ha ocurrido en torno a ellas, casi siempre sustentado con la magia, es un anhelo personal, un pensamiento que, estoy seguro, muchos hemos tenido en alguna ocasión.
Por eso nos fascina la historia y sus manifestaciones. Paseando por ciudades como Roma o Atenas, podríamos afirmar que las piedras nos hablan de cómo era la vida en aquellos mismos lugares hace miles de años.
Aunque es un reflejo de nuestra fragilidad, la impronta de nuestro paso por la vida también quedará recogida por esos objetos inanimados con los que hemos tenido contacto. Pienso en el reloj de mi padre que llevo puesto, en un anillo heredado por varias generaciones de mi familia, en las fotografías, las cartas… todo inanimado, pero que me habla, me transmite dónde ha estado, que ha vivido.
Cada uno de estos y otros objetos, absorbe lo que pasa a su alrededor como si fuese su forma de respirar. Entonces, ¿viven? Sólo es una forma verbal, que no aporta nada al fondo de mi argumentación: que las piedras recuerdan, que un anillo conserva el calor de una promesa que trasciende el tiempo, que una mesa ha sido testigo de ideas que nacen del corazón de sus autores, igual que de las risas, de la complicidad, del amor o de la tristeza. Esa es la idea que intento transmitir, que cada objeto es un testigo silencioso, un archivo emocional, histórico, energético.
Si alguien piensa que un objeto no habla, podríamos fácilmente darle ejemplos de su error. Lo inanimado es un puente entre el pasado y el presente. Un banco de un parque que ha escuchado confesiones, declaraciones o anhelos, una puerta que cruje lanzando al aire sonidos que podrían ser voces del pasado.
Algunos objetos inanimados contienen ternura. No piden nada, pero guardan recuerdos. No olvidan, pero esperan. Piensa en un museo. Las pinturas son objetos inertes, pero guardan mensajes, ¿la música no tiene vida? ¿Alguien se atreve a afirmar que el arte no tiene voz? Los moáis de RapaNui son rostros de piedra mirando al horizonte ¿no hablan de permanencia? ¿no son testigos del tiempo? El pensador, de Auguste Rodin ¿no es una figura inmóvil que encierra todo el movimiento de la mente? ¿no habla del peso del pensamiento? El Guernica de Pablo Picasso ¿no es un grito sin sonido? Está lleno de fragmentos, de cuerpos, miradas y dolor. Habla por quienes no pudieron hacerlo. La Sagrada Familia de Gaudí, la Alhambra, el Partenón, dicen muchas cosas, hablan de lo divino, de lo eterno, del poder, de la belleza, de la fragilidad, del tiempo, de lo que somos, de nuestra procedencia, de raíces…
El contraste entre lo vivo y lo inerte es como el diálogo imposible entre dos mundos, un silogismo imposible entre personas que sienten y objetos que perduran. Dos mundos opuestos que parecen condenados a no comunicarse. Pero yo no creo esto, todo lo contrario, creo que dejamos nuestra impronta en los objetos, en un lienzo, en una figura de barro o de piedra, en un papel. Y de algunos objetos puedo asegurar que escucho susurros de plegarias, geometrías, cantos. Esto se parece más a un diálogo que a una desconexión entre dos mundos.
Me sigue conmoviendo después de muchos años cómo los objetos absorben las historias, se impregnan de la esencia de las personas que los tocaron, respiran los ecos de los sucesos que han vivido. Las piedras han sido testigos de más vidas de las que podríamos imaginar. Han sentido la lluvia y el polvo de los siglos, escuchado risas, susurros y despedidas. Me fascina ese silencio cargado de memoria que me mira sin juzgar, que me devuelve la mirada.
Tal vez la belleza de lo inanimado esté ahí, en su virtud de contener. No sienten, pero recuerdan.
