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HUMANIDAD, ¿DE DÓNDE VENIMOS Y A DÓNDE VAMOS?

Publicada el 5 de marzo de 20265 de marzo de 2026 por José Ramón Entenza

O el porqué del uso de la fuerza

En estos momentos en que en varios puntos del planeta se está viviendo la agresión del fuerte al débil, sin entrar en la justicia o injusticia, en la razón o la sinrazón de cada caso, uno se pregunta qué somos, quién nos dirige y hacia dónde. También es inevitable mirar hacia atrás buscando la causa de ser lo que aparentemente somos. Hay momentos en la historia en los que la diplomacia, el comercio y la cooperación parecen retroceder, mientras el poder —en su forma más elemental— vuelve a ocupar el centro del escenario. No es la primera vez que ocurre, y probablemente tampoco será la última.

Durante décadas, especialmente tras el final del siglo XX, muchos pensaron que la humanidad estaba entrando en una etapa diferente. La interdependencia económica, la globalización y las instituciones internacionales parecían apuntar hacia un mundo donde la guerra sería cada vez menos frecuente. Sin embargo, la historia raramente avanza en línea recta. Más bien se parece a un movimiento pendular, donde las sociedades oscilan entre cooperación y confrontación.

Mirar el presente sin mirar el pasado suele llevar a interpretaciones incompletas. Por eso, si queremos entender hacia dónde vamos, quizá convenga preguntarnos primero de dónde venimos. Desde los primeros grandes imperios, el poder ha sido uno de los pilares sobre los que se ha construido el orden internacional. Civilizaciones como la romana lograron largos periodos de estabilidad, prosperidad y expansión cultural, pero lo hicieron apoyadas en una estructura política y militar capaz de imponer ese orden.

La historia muestra una paradoja recurrente: la estabilidad muchas veces ha sido el resultado de un equilibrio de poder, no de su ausencia. Incluso las épocas de relativa paz han estado sostenidas por sistemas donde las potencias se observaban, se contenían y, en ocasiones, se enfrentaban.

En la Europa moderna surgió una idea que marcaría profundamente el sistema internacional: el principio de soberanía estatal consolidado tras la Paz de Westfalia en el siglo XVII. A partir de entonces, el mundo comenzó a organizarse alrededor de Estados que, al menos en teoría, reconocían la existencia y la legitimidad de los demás. Ese sistema no eliminó los conflictos, pero introdujo reglas y equilibrios que permitieron, durante largos periodos, evitar guerras de carácter existencial entre civilizaciones.

El siglo XX llevó ese sistema al límite. Las rivalidades entre potencias, amplificadas por la industrialización y el nacionalismo, desembocaron en conflictos de una escala nunca antes vista. Tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial, el mundo intentó construir mecanismos que evitaran repetir semejante tragedia. Entre ellos nació la ONU, concebida como un foro donde las tensiones internacionales pudieran canalizarse sin recurrir necesariamente a la guerra.

Durante décadas, la rivalidad entre grandes bloques se manifestó en la llamada Guerra Fría. Fue un periodo de enorme tensión, pero también un ejemplo peculiar de equilibrio: la existencia de armas capaces de destruir el planeta obligó a los adversarios a mantener una prudencia estratégica que evitó el enfrentamiento directo entre las principales potencias. Paradójicamente, el miedo contribuyó a preservar la paz.

Cuando cayó el Muro de Berlín en 1989, muchos interpretaron aquel acontecimiento como el inicio de una nueva era. La rivalidad ideológica que había dividido al mundo parecía llegar a su fin, y la expansión de la economía global prometía una interdependencia capaz de reducir los incentivos para el conflicto.

El politólogo Francis Fukuyama popularizó la idea de que la humanidad podría estar acercándose al “fin de la historia”: un punto en el que la democracia liberal y la economía de mercado se consolidarían como el modelo predominante. Durante algunos años, esa visión pareció plausible. El comercio internacional creció de manera extraordinaria, las cadenas de suministro se extendieron por todo el planeta y la tecnología conectó sociedades que durante siglos habían vivido prácticamente aisladas unas de otras.

Sin embargo, la historia rara vez acepta finales definitivos. Los intereses estratégicos, las identidades nacionales y las rivalidades geopolíticas nunca desaparecieron por completo; simplemente quedaron, durante un tiempo, en un segundo plano.

Ya teníamos avisos, experiencias, advertencias, en suma, de la historia y el pensamiento. Mucho antes de que existiera el sistema internacional moderno, el historiador griego Tucídides intentó explicar por qué los Estados entraban en conflicto. En su obra Historia de la guerra del Peloponeso identificó tres motivaciones fundamentales: el miedo, el interés y el honor. Más de dos mil años después, esas palabras siguen resonando con una sorprendente actualidad.

La literatura también ha servido a menudo como una forma de anticipar o interpretar las tensiones de su tiempo. En la novela 1984, de George Orwell, la guerra permanente no se libra únicamente por territorio o recursos, sino también por el control de las narrativas y la cohesión interna de las sociedades. No se trata necesariamente de una predicción literal, sino de una advertencia: los conflictos del futuro pueden no parecerse del todo a los del pasado, pero seguirán estando profundamente ligados a la naturaleza humana y a la forma en que las sociedades organizan el poder.

Al mismo tiempo, algunos investigadores sostienen una visión más optimista. El psicólogo y escritor Steven Pinker, en su libro Los Ángeles que llevamos dentro, argumenta que la violencia ha disminuido a largo plazo en la historia humana. Según esta perspectiva, aunque los conflictos siguen existiendo, la humanidad ha desarrollado instituciones, normas y valores que, gradualmente, han reducido la frecuencia y la intensidad de la violencia. Si esta interpretación es correcta, los momentos de tensión que observamos hoy podrían ser retrocesos temporales dentro de una tendencia más amplia hacia la cooperación.

El comienzo del siglo XXI ha introducido nuevas variables en esta ecuación histórica. La globalización ha creado un mundo profundamente interconectado, donde las economías dependen unas de otras de formas inéditas. Al mismo tiempo, la tecnología ha transformado la naturaleza del poder. La competencia entre Estados ya no se libra únicamente en el terreno militar tradicional. También se manifiesta en ámbitos como la tecnología, la información, la economía o incluso el espacio.

Nunca antes en la historia tantas personas habían estado tan conectadas, compartiendo información casi en tiempo real. Y, sin embargo, esa misma interconexión también puede amplificar tensiones, desinformación y rivalidades. El resultado es un panorama complejo, donde cooperación y competencia conviven constantemente. En este contexto, el presente ofrece ejemplos que nos recuerdan hasta qué punto la historia sigue abierta. La guerra entre Rusia y Ucrania continúa marcando el equilibrio de seguridad en Europa, mientras los conflictos en Oriente Medio han vuelto a escalar con episodios de violencia que afectan a varios países de la región. En África, la guerra civil en Sudán amenaza con desestabilizar aún más una región ya frágil, con miles de víctimas y desplazados. Estos conflictos no son idénticos entre sí ni responden a las mismas causas, pero comparten un rasgo común: muestran que el uso de la fuerza sigue siendo, en muchos casos, una herramienta decisiva en la política internacional.

En la historia no encontramos certezas sobre el futuro, pero sí nos da perspectiva. Nos recuerda que los periodos de estabilidad y los de confrontación se alternan, y que las sociedades suelen interpretar su propio tiempo como excepcional, incluso cuando forman parte de ciclos más largos. Quizá la cuestión más importante no sea simplemente hacia dónde va el mundo, sino qué capacidad tiene la humanidad para aprender de su propia experiencia. A lo largo de los siglos hemos demostrado una notable habilidad para innovar, construir y cooperar. Pero también hemos mostrado, una y otra vez, la tendencia a repetir errores que creíamos haber superado.

Entre esos dos impulsos —el de construir y el de destruir— se sigue escribiendo la historia.

El camino final, tal vez nuestro propio destino, dependerá de las decisiones humanas y del sentido de justicia que, lo hemos demostrado hasta hoy repetidamente a un alto precio, acaba por imponerse ante la agresión, la fuerza y la guerra.

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Sobre el autor

Soy José Ramón Entenza, natural de Marín, en Pontevedra, Licenciado en Ciencias Físicas, Graduado en Farmacia y Licenciado en Derecho. He cursado estudios de doctorado en Inteligencia Artificial, y he publicado artículos de divulgación científica en diversas revistas especializadas y realizado numerosas ponencias internacionales de carácter científico... [leer más]

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