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EL DERECHO A CAMBIAR DE OPINIÓN

Publicada el 26 de febrero de 202626 de febrero de 2026 por José Ramón Entenza

O la voz de la experiencia

Hay algo inquietante en nuestro tiempo: el error ya no es solo un fallo, es un estigma. Una opinión expresada hace años puede reaparecer intacta, descontextualizada, convertida en prueba permanente de identidad. Lo que alguna vez fue una reflexión provisional se puede llegar a transformar en una etiqueta. Cambiar de opinión, lejos de entenderse como crecimiento, suele interpretarse como incoherencia o traición.

Y sin embargo, si algo demuestra la historia del pensamiento —y la historia de la literatura— es que la conciencia humana no es estática, evoluciona, se contradice, se corrige. El problema quizá no sea que tengamos convicciones, sino que las confundamos con identidad.

Vivimos en una cultura que nos invita a pronunciarnos con rapidez. Cada acontecimiento exige posicionamiento inmediato, cada debate reclama una declaración y la velocidad ha sustituido a la maduración. Y una vez que algo queda escrito, parece adquirir un carácter definitivo. “Eso es lo que eres”, se nos dice implícitamente, como si el pensamiento fuera una fotografía y no un proceso. Pero nadie es idéntico a lo que pensaba hace diez años, ni siquiera hace cinco.

Basta acudir a la literatura para comprenderlo. Los grandes personajes no permanecen inmóviles; se transforman. En Crimen y castigo, Fiódor Dostoyevski no nos muestra simplemente a un hombre que comete un crimen, sino a una conciencia que atraviesa la justificación, la soberbia, la culpa y finalmente la posibilidad de redención. Raskólnikov, el protagonista, no es coherente en el sentido rígido, es humano en el sentido profundo y su pensamiento cambia porque la experiencia lo hiere. Quizá ahí esté la clave: solo cambia quien se expone a la experiencia.

En Siddhartha, Hermann Hesse narra el recorrido de un hombre que abandona sucesivamente todas las certezas que había abrazado. La disciplina ascética, el placer mundano, la sabiduría ajena. Cada etapa parece definitiva hasta que deja de serlo. El viaje no consiste en sostener la primera convicción con obstinación, sino en atravesarlas todas hasta comprender algo más amplio. La coherencia final no es fidelidad a una idea inicial, sino fidelidad a una búsqueda.

Algo parecido ocurre en la filosofía del absurdo de Albert Camus. Camus no propone un dogma; propone una actitud frente a la incertidumbre. Sus personajes no resuelven el sinsentido del mundo, pero sí deciden cómo vivir a pesar de él. Esa decisión no nace de la rigidez, sino del enfrentamiento honesto con la contradicción. En la literatura, cambiar de opinión no es una debilidad narrativa; es el motor de la trama. Sin transformación no hay historia. ¿Por qué entonces en la vida pública se interpreta como fragilidad?

Tal vez porque cambiar implica reconocer algo incómodo: que antes no veíamos todo. Supone admitir que nuestra comprensión era parcial, que nuestra perspectiva estaba limitada por la experiencia disponible. Y ese reconocimiento hiere el orgullo. Preferimos parecer consistentes antes que admitir habernos equivocado.

Sin embargo, la verdadera evolución no consiste en repetir lo mismo, sino en ajustar nuestras ideas a la mejor comprensión posible. En ciencia lo entendemos con naturalidad. Las teorías se revisan, se corrigen, se abandonan. Nadie considera deshonroso que una hipótesis sea superada; es signo de avance. En el terreno personal o político, en cambio, la revisión se vive como derrota. Quizá porque en esos ámbitos la opinión se ha convertido en identidad.

Cuando una postura deja de ser una hipótesis sobre el mundo y pasa a ser una declaración de pertenencia, cambiarla parece una traición al grupo. La polarización contemporánea se alimenta precisamente de esa lógica: no defendemos ideas, defendemos banderas o dogmas. Y las banderas no se matizan; se sostienen. Los dogmas no se abandonan, se inmortalizan.

La literatura histórica también ofrece un espejo revelador. En Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari, el protagonista viaja por Egipto, Siria, Babilonia y el mundo hitita. En cada territorio encuentra convicciones absolutas, religiones seguras de su verdad, poderes convencidos de su legitimidad. Pero el viaje le enseña que cada cultura cree poseer la explicación definitiva. La experiencia lo obliga a revisar lo aprendido. Su transformación no es debilidad; es lucidez adquirida. Viajar, leer, dialogar: todo lo que amplía la mirada tiende a modificar nuestro criterio, me atrevería a decir que lo mejora en todos los casos.

En la actualidad, sin embargo, el entorno favorece la fijación. Las redes sociales premian la contundencia y no la matización. El algoritmo recompensa la reacción, no la reconsideración. En ese clima, decir “he cambiado de opinión” parece más arriesgado que mantener una postura insostenible.

Pero quizá uno de los signos más claros de la madurez intelectual sea precisamente ese: la capacidad de revisar sin derrumbarse. Decir “me equivoqué” no como gesto teatral, sino como consecuencia natural del aprendizaje. Comprender que la identidad no está hecha de opiniones concretas, sino de la disposición a buscar lo verdadero con honestidad.

La inestabilidad es saltar de una postura a otra sin reflexión. La evolución, en cambio, implica atravesar la duda, examinar argumentos contrarios, permitir que la experiencia transforme la perspectiva. Es un proceso lento, casi invisible. No produce titulares, pero construye carácter.

Y quizá ahí radique la diferencia entre fragilidad y flexibilidad. La fragilidad se rompe ante la contradicción. La flexibilidad se adapta sin perder estructura. Cambiar de opinión no significa renunciar a principios, sino afinar su comprensión.

Cada época cree que sus debates son inéditos. Pero basta recorrer la literatura para descubrir que los grandes conflictos humanos —culpa, poder, fe, identidad, libertad— se reformulan continuamente. Los escenarios cambian; las tensiones persisten. Y en ese reconocimiento entendemos algo esencial: pensar es enriquecerse, avanzar, estar vivo.

El derecho a cambiar de opinión no es una muestra de debilidad, es la condición de una inteligencia viva. Si renunciamos a él por miedo a la exposición pública, congelamos nuestro pensamiento en una versión pasada de nosotros mismos. El mundo cambia, la información se amplía, las experiencias nos transforman. Pretender que nuestras ideas permanezcan intactas frente a todo ello es una insensatez.

Tal vez la coherencia más natural no consista en sostener lo mismo para siempre, sino en mantener intacta la voluntad de comprender mejor, en tener abiertos los ojos y oídos. Y comprender mejor casi siempre implica estar dispuesto a aprender y a cambiar.

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Sobre el autor

Soy José Ramón Entenza, natural de Marín, en Pontevedra, Licenciado en Ciencias Físicas, Graduado en Farmacia y Licenciado en Derecho. He cursado estudios de doctorado en Inteligencia Artificial, y he publicado artículos de divulgación científica en diversas revistas especializadas y realizado numerosas ponencias internacionales de carácter científico... [leer más]

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