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CUANDO EL FUTURO DURABA MIL AÑOS

Publicada el 12 de febrero de 202612 de febrero de 2026 por José Ramón Entenza

O de la obsolescencia

Sin pretenderlo me he metido en una sucesión de artículos que ha adquirido la forma de “serie”. El tema central ha derivado hacia nuestro futuro, visto desde un punto de vista científico pero que abarca aspectos no sólo tecnológicos, sino antropológicos, filosóficos y, quizás un poquito, proféticos.

Hoy, pensando en cómo nosotros construimos para el futuro, se me ha ocurrido echar la vista atrás y hacer una reflexión comparativa. Poniéndote en situación, simplemente recuerda alguno de esos momentos que todos hemos experimentado cuando nos hemos parado ante alguna de las muchas construcciones antiguas que se mantienen tan vivas y presentes en nuestro tiempo.

¿Qué has sentido al contemplar un anfiteatro romano? ¿O las pirámides de Guiza? ¿O las piedras de Stonehenge? Seguramente admiración, quizás vértigo, y una sensación extraña de incomprensión o estupefacción. Cómo es posible que las civilizaciones antiguas, con medios precarios, sin maquinaria, personal especializado, tecnología y demás, eran capaces de construir estas maravillas con un objetivo añadido: que perdurasen en el tiempo.

Esto nos lleva a pensar que para los antiguos, perdón por la confianza, el tiempo era una magnitud o una entidad diferente a la que entendemos hoy en nuestras sociedades. Algo parece habérsenos quedado por el camino. Piensa que esas piedras llevan ahí, impertérritas, más tiempo del que muchas de nuestras naciones tienen, más tiempo del que alguna de nuestras lenguas ha cumplido y más tiempo que muchas de las religiones que conocemos. Y que, probablemente, seguirán en pie cuando nuestros rascacielos, autopistas, centros comerciales, aeropuertos, etc., ya no existan.

Así que, inevitablemente nos preguntamos ¿por qué nosotros no construimos para el futuro? ¿Por qué en la era espacial, en la época cuántica, domótica, telemática, construimos para tan poco tiempo? La única respuesta plausible es que nuestra civilización avanza hacia ciclos cada vez más breves: resultados trimestrales, legislaturas de cuatro o cinco años, modas efímeras, dispositivos a los que programamos una obsolescencia por motivos económicos o comerciales, sin sonrojarnos. Es el tiempo corto para todo de nuestra vida moderna.

Un edificio se amortiza en treinta años, un ordenador en cinco, un teléfono móvil en tres… Vemos el futuro ahí, a tiro de piedra, como una extensión cercana del presente. Cincuenta años nos parecen muy lejanos, un largo plazo. Mil años son inimaginables, suenan a utopía, un absurdo como para perder el tiempo o planificar para ese transcurso del tiempo.

Si las culturas antiguas hubiesen pensado igual, hoy no podríamos conocer nuestra historia, admirar nuestro pasado o, sencillamente, mantener una idea real y cierta de continuidad: venimos de allí, descendemos de ellos, los llevamos en nuestra genética y en nuestra memoria histórica.

Stonehenge no se levantó en una generación, tardó siglos. Varias culturas distintas participaron en su construcción, añadiendo y reajustando piedras durante más de mil años. Párate un momento a pensarlo: ¡Nadie de los que durante años trabajó en la obra la vio terminada! Y esto significa una cosa, que quienes empezaron el proyecto sabían algo que hoy nos costaría mucho asumir: ellos no eran los destinatarios finales, construían para comunidades futuras, para gente que nunca conocerían, para un mundo cambiante que perduraría mucho más allá de sus muertes.

Y eso implica un entendimiento y una relación con el tiempo radicalmente distinta a la nuestra. Nosotros construimos para usar, para obtener reconocimiento, cuando no rédito. Ellos lo hacían para permanecer.

Las pirámides egipcias no eran solo tumbas, eran un tributo, eran una declaración política, religiosa y cosmológica. Con un mensaje simple: esto durará más que nosotros. ¿Fue irracional mover millones de bloques de piedra sin materiales modernos? Cuando tu horizonte no es de una década, sino de siglos, dedicar treinta años a una obra no parece desproporcionado ni tampoco ilógico. Parece una inversión temporal, en el que la piedra es un reflejo de nuestra memoria en forma sólida. Ellos no tenían fotografías, ni nube virtual de almacenamiento, ellos grababan su paso en roca. No voy a preguntarte cuál de los dos métodos resistirá mejor.

Quizás los geólogos, acostumbrados a pensar en escalas de tiempo extraordinarias, del orden de miles de millones de años, lo entiendan mejor. De hecho, me consta que le dan a esa perspectiva un nombre, “el tiempo profundo”, que se traduce en pensar en miles de millones de años.

Los antiguos vivían más cerca de esa mentalidad. Ellos dependían de estaciones, eclipses, ciclos agrícolas, movimientos de astros, etc. Su calendario estaba relacionado con la cosmología, no con los mercados, no era financiero. Si vives mirando constantemente al cielo, aprendes a vivir con paciencia. Si lo haces mirando constantemente el reloj, aprendes a vivir con prisa. Así, es fácil comprender por qué sus monumentos están pensados y utilizan el cosmos, mientras que los nuestros solo entienden de coste, revalorización, beneficio…

Aquí aparece la paradoja: somos la civilización más avanzada de la historia y, sin embargo, construimos lo más efímero. Cuando hayan desaparecido nuestras ciudades inteligentes, probablemente sigan quedando rastro o incluso se mantengan en pie las piedras de Guiza, Stonehenge o Chichén Itza. Nuestras construcciones necesitan mantenimiento continuo, las suyas no, nuestras infraestructuras se degradan, las suyas no. Sin duda pensaban en escalas temporales mayores que las que nosotros concebimos.

Hemos hablado estas últimas semanas de colonizar marte, de estaciones espaciales, de colonias lunares. Es evidente que no podemos terraformar un planeta con mentalidad de startup, ni construir desde cero una civilización nueva con mentalidad efímera y resultadista. Tenemos que recuperar esa concepción del tiempo de nuestros antiguos para colonizar el espacio. Debemos evitar dejar en herencia basura espacial en órbita, minerales contaminantes, plásticos en el medio ambiente…

Ojalá que recuperemos la memoria temporal de nuestros antiguos. Y tal vez la próxima gran frontera —la luna, Marte, el espacio— no se conquiste sólo con tecnología, sino también con una idea simple: construyamos para la eternidad. Se nos medirá por lo que perdure nuestra obra.

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Sobre el autor

Soy José Ramón Entenza, natural de Marín, en Pontevedra, Licenciado en Ciencias Físicas, Graduado en Farmacia y Licenciado en Derecho. He cursado estudios de doctorado en Inteligencia Artificial, y he publicado artículos de divulgación científica en diversas revistas especializadas y realizado numerosas ponencias internacionales de carácter científico... [leer más]

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