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COLONIAS TERRESTRES

Publicada el 5 de febrero de 20265 de febrero de 2026 por José Ramón Entenza

O de cómo, cuándo y dónde

Durante siglos miramos al cielo como quien mira un sueño. Hoy lo miramos como quien observa un mapa. La posibilidad de vivir fuera de la Tierra ya no pertenece solo a la ciencia ficción. Programas como el Programa Artemis de la NASA, los planes de SpaceX con Starship, o los proyectos orbitales de Blue Origin convierten una vieja fantasía en una hoja de ruta técnica.

Puedo anticiparte que tenemos hoy en día la tecnología para establecer colonias lunares y, sin solución de continuidad, para hacerlo en Marte en un breve espacio de tiempo. Así que, no tardarán en establecerse colonias, con dos precisiones. La primera: parece un paso lógico que antes de eso aparezcan estaciones espaciales orbitando estos planetas o satélites. La segunda: no pensemos en colonos como tal en un primer momento, primero tendremos colonias similares a las que, por ejemplo, se han constituido en la Antártida (Polo Sur), con misiones mayoritariamente científicas y personal cualificado para realizarlas. Pero te aseguro que lo demás llegará, colonias, colonos y vida terrestre fuera de la tierra.

Pero si algo enseña nuestra historia es que las grandes expansiones humanas nunca son solo tecnológicas. Nunca hemos ido a un nuevo territorio únicamente por curiosidad científica. Siempre hemos transportado en nuestro equipaje algo más: intereses económicos, luchas políticas, culturas, mitos… y nuestros propios conflictos. Por eso la pregunta relevante no es cómo llegaremos al espacio, sino algo más complejo: ¿qué tipo de sociedad vamos a construir cuando lleguemos?

En la próxima década veremos el regreso sostenido a la Luna, no de forma puntual, sino con una infraestructura sólida. Bases permanentes, extracción de hielo para producir agua y oxígeno, estaciones orbitales como Lunar Gateway, y misiones que ensayen la vida fuera de la Tierra durante meses o años. La Luna será un laboratorio. Todo pensado para probar sistemas de terraformación (radiación, energía y soporte vital) necesarios para los futuros viajes a Marte.

Para Marte, en cambio, se especula otro objetivo muy distinto: un proyecto civilizatorio. Un planeta con días parecidos a los nuestros, con agua congelada, con suelo aprovechable. No es hospitalario, pero tampoco imposible. Es el único lugar del sistema solar donde imaginar una ciudad humana tiene sentido físico. Y, sin embargo, ni la Luna ni Marte son solo ciencia, son también geopolítica.

Controlar esta aventura, las rutas, los recursos energéticos o minerales raros, equivale a poder. Igual que los océanos en el siglo XV o el petróleo en el XX, el espacio se está convirtiendo en territorio estratégico.

Durante décadas, el espacio fue dominado por las potencias que todos conocemos. Era caro, arriesgado y meramente simbólico. Eso cambió cuando los cohetes reutilizables redujeron los costes de forma drástica. Ese simple detalle ha abierto la puerta a algo nuevo: empresas que operan en órbita como si fuera un mercado más.

La Estación Espacial Internacional demostró que se puede vivir años en microgravedad. Ahora compañías como Axiom Space planean reemplazarla con estaciones comerciales, hoteles espaciales, laboratorios privados, manufactura en gravedad cero, minería de asteroides, etc. Suena futurista, pero responde a una lógica muy antigua: donde baja el costo del transporte, nace el comercio. Estamos presenciando el nacimiento de la economía espacial. Y con ella llegan preguntas inevitables: ¿Quién posee los recursos de la Luna? ¿Puede una empresa apropiarse de un cráter? ¿El espacio será un bien común o un territorio corporativo? La frontera ya no es solo científica, ahora es capitalista.

Existen acuerdos firmados como el Tratado del Espacio Exterior de 1967 que prohíbe la apropiación nacional por cualquier vía, el emplazamiento de armas, y dispone el uso con fines pacíficos y en beneficio de toda la humanidad. Lo ratificaron 110 países, entre ellos EE.UU., Rusia y China. También se firmó el Acuerdo sobre la Luna en 1979, en la misma línea aunque con mayor especificidad que el primero sobre nuestro satélite. El escaso número de países que lo han firmado hace de él papel mojado hoy en día. Existen otros, como el Convenio sobre el Registro de Objetos Lanzados al Espacio Exterior de 1976 y el Acuerdo de Responsabilidad de 1972.

Pero con la llegado de empresas privadas han aparecido leyes internas que, aunque no reconocen la soberanía territorial, si el derecho a explotar recursos. Yo diría que este es un camino todavía por recorrer, máxime pensando en la liberalidad que hoy vemos en el comportamiento delos estados más poderosos de la tierra, con muy poco respeto por el bien común o la humanidad como tal.

Pero el problema de gobierno tendrá una vuelta de cuerda más: imagina una colonia marciana. La comunicación con la Tierra tarda veinte minutos en llegar, la ayuda puede tardar meses, las decisiones deben tomarse en el acto. En ese contexto, ¿qué sentido tiene obedecer a un parlamento o a un organismo internacional a millones de kilómetros? ¿Gobernará el país que financió la misión? ¿La empresa propietaria de la base? ¿O los propios colonos? Las colonias espaciales obligarán a experimentar con nuevas formas políticas. Aquí te remito a uno de los microrrelatos de este blog (“Un derecho inalienable”, Febrero 2025).

No tengo dudas de que una colonia se convertirá en el mayor laboratorio institucional de la historia. Un lugar donde probar modelos sociales que en la Tierra serían imposibles o demasiado arriesgados. Paradójicamente, salir del planeta podría influir y reactivar la política humana en un sentido más universal.

Es humano pensar que una colonia espacial empezará “desde cero”. Nunca ocurre, ninguna sociedad nace de la nada. Los colonos llevarán consigo sus idiomas, sus prejuicios, sus creencias, su música, sus desigualdades. Llevarán recetas, chistes, fiestas, miedos. La primera generación vivirá mirando a la Tierra como hogar, la segunda la verá como origen, la tercera quizá la vea como un mito lejano. En algún momento alguien dirá: “mis abuelos eran terrícolas”. Y esa frase marcará el nacimiento de una nueva identidad. Como toda migración, la expansión espacial no solo cambiará territorios, cambiará lo que somos.

Pensamos que el reto es construir cohetes más potentes, y lo es. Pero el desafío real es otro, porque cuando crucemos el vacío no dejaremos atrás nuestra naturaleza y llevaremos sobre nuestras espaldas nuestro sistema económico, nuestra política, nuestra cultura y nuestros errores. El espacio será un espejo, reflejará exactamente lo que decidamos ser. Por eso la pregunta correcta no es ¿cuándo viviremos en otros planetas? sino ¿qué tipo de humanidad vamos a llevar con nosotros?

Solo nuestras decisiones dirán si merecía la pena el viaje.

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Sobre el autor

Soy José Ramón Entenza, natural de Marín, en Pontevedra, Licenciado en Ciencias Físicas, Graduado en Farmacia y Licenciado en Derecho. He cursado estudios de doctorado en Inteligencia Artificial, y he publicado artículos de divulgación científica en diversas revistas especializadas y realizado numerosas ponencias internacionales de carácter científico... [leer más]

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